Montmartre

Je veux

“Quiero amor, diversión, buen humor.
No es tu dinero lo que me hará feliz,
quiero morir con la mano en el corazón”

Fragmento de la famosa canción de Zas

Me quedé a dormir en la colina de Montmartre, en un hotelito en la rue Lepic y dediqué todo un día a subir y a bajar por sus estrechas calles; resoplé entre sus miles de escalones.

Me maravillé con la luz sobre la basílica de Sacré Coeur: me llevó en una ilusión a viajar a la India hasta que ubiqué su distintivo corazón. Disfruté en la Place du Tertre,  enfocándola en blanco y negro, en un intento por imaginarme rodeada de los pintores impresionistas del sXIX que vivieron en aquella comuna bohemia.

Me sentí Amelie en su café y casi me corto el flequillo. Bebí tinto en copas muy pequeñas, en baretos empolvados, y me traje las maravillosas tartas de frutas, a modo de encurtidos, en los huecos de mi cintura.

Y, desde la basílica, vi la puesta del Sol dejando al perderse un cielo de tonos naranjas y rosas sobre París

Cuando vuelva, de nuevo Montmartre será mi nido.

A.

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Tour Eiffel

He leído que de sus curvaturas tiene la culpa la fuerza que puede llegar a tener el viento. Que sus 7300 toneladas de hierro pudelado le aportan una gracilidad y una transparencia que te alejan de creerla tan pesada. Y que sus 300 metros de altura ejercen tal poder de seducción que, vayas por donde vayas, no te resistes con la vista a buscarla, porque a todo llega con su magnitud, como si fuese el vigilante que mide tus pasos por la ciudad. Un acompañante con la capacidad de alimentar los sueños y los deseos.

A. (no es por nada, pero tiene el diseño de la letra por la que empieza mi nombre)

Puentes de París

En el año 52 a.C., la tribu de los parissi, que habitaban en la Isla de la Cité, iniciaron la construcción de los primeros puentes de París.

En la actualidad hay 37 puentes uniendo las dos orillas del Sena, habiendo sido imposible para estas piernas recorrerlos todos. Pero, he disfrutado de parte de estos muelles inscritos en el patrimonio mundial de la Unesco, y algo de ellos me traje conmigo.

A.

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Barcas

Hasta Matías tiene su barca, cada cual tiene la suya.
Para cruzar la ría, para llegar a la mar.
Algunas viven en la arena perdiendo agua por sus hechuras;
a otras, las mece el viento a su compás.
Y cuando el aire se calma, parecieran flotar en la nada,
a la que ellas, curiosas, se asoman del revés.
Y al ver que tú las miras, se hacen grandes
en ese coqueteo que se traen con el agua.

A.

 

Ría de Formosa. Cacela Velha, Portugal.

Borghetto sul Mincio

Cuando se hace un viaje hay días que terminan siendo como no los habías planeado, o al menos a mí me suele pasar. Este fue uno de ellos y resultó ser delicioso a pesar de dejarle hueco a la nostalgia. Quizás, como la naturaleza me gusta tanto, cuando se me pone delante con demasiada hermosura, me trae a todos los que me gustaría que, en ese instante, estuvieran conmigo para poder compartirla, siendo una de las razones de mi pasión por capturar imágenes.

Verona amaneció muy nublada y, a pesar de ello, me fui a fotografiarla a eso de las siete de la mañana. Algo muy significativo para mí porque, teniendo en cuenta que jamás salgo de casa sin desayunar, las ganas me llevaron a levantarme en mitad de la noche, y esto, en plenas vacaciones, me dio qué pensar. Media hora después estaba frente al Ponte Petra, chorreando, con paraguas en ristre protegiendo la máquina de fotos mientras intentaba lograr algún disparo decente. Y una hora más tarde estaba en casa, un tanto frustrada por haber exprimido más la ropa que la emoción, pero algo más reconfortada con el segundo café de la mañana en la mano y un exquisito bizcocho que me compré en la panadería que había junto a la urbanización. No quisieron darme la receta pero aún sigo buscándola por internet, porque nunca probé nada igual: la masa quedaba en forma de rosas sobre una base de caramelo. Creo que llegué a tener hasta espasmos de placer.

Ya repuesta y no queriendo atrincherarme en el apartamento viendo la lluvia caer, me puse a buscar información en internet sobre alguna zona bonita que no estuviera muy lejos, un lugar por donde pasear la vista un rato aunque fuera desde dentro del coche. Y me encontré con opiniones sobre Borghetto que no me dejaron indiferente, por lo que allá que me fui, con la gran suerte de que la lluvia paró en cuanto llegué.

No lo pude ver más bonito. El cielo en tonos grises con nubarrones de tormenta; el sol tímido intentando asomarse; la yerba recién mojada, y el río Mincio con unos tonos verdes brillantes, como recién lavados.
Aquel pueblecito medieval es y me resultó precioso: sus murallas desafiando al tiempo, su castillo, sus molinos de agua y su puente-presa Visconteo, único en Europa. Todo en sí es cautivador.

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Y, en medio de aquello, te tuve que echar de menos. Solté la cámara y me senté en la rivera pensando lo divertido que habría sido pasearla en bicicleta contigo. Pararnos luego a comer en cualquiera de los restaurantes que, desde fuera, ya incitaban los sentidos, para seguir viendo candados con promesas de amor, y reírnos, ya que nunca nosotros pudimos ponerle cierre a lo nuestro.
Me habría encantado hasta que me riñeras por no poder parar de hacer fotos. Te habría necesitado allí a mi lado, no más.

Quizás, la barca que sale meciéndose en la mitad de mis fotos hubiera dejado de hacerlo por habernos llevado donde nadie nos viera, hacia el final por el que se perdía el cauce del río, para, con él, hacerlo nosotros.

A.

Verona

Un lienzo de colores, una paleta en tonos tierra. Sienas, ocres y terracotas; persianas venecianas en distintos tonos de verdes, muros desconchados, óxido y piedra. Así es Verona, una ciudad con pátina, con sabor a antiguo. Hasta a su río Adigio lo tintan los guijarros y la arcilla.

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Es cálida y bulliciosa, huele a risotto, Amarone y pecorino.
Romántica y trágica por su Romeo y Julieta, te lleva más a lo épico su anfiteatro Arena. Soberbio y sólido, te coloca la espada y el escudo en cuanto allí te sientas.

Eterna como las piedras que le dan forma, me ha seducido su Ponte di Castelvecchio, el del viejo castillo con sus rojizas almenas; las historias grabadas en sus muros, las que por dentro encierra.  Su Ponte Pietra, y su Duomo, despuntando en su alzado, cual faro que iluminase la ciudad. La Piazza delle Erbe, que tiene bonito hasta el nombre, siendo un lugar lleno de vida, de los que hay que guardar en la retina.

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Me gustaron tus leyendas. Más, las que de los huesos de posibles ballenas cuelgan, que las que tocan pechos de bronce en busca del amor eterno. Me fui de allí sin tocarlo y allá llegué sin pareja pero, pese a que me quede sin alguien que me quiera, me basta con haberme enamorado de ti, por lo que te aseguro mi vuelta.

Me sabes a pluma y a verso,
me vistes de seda,
me abrigas con terciopelo.
Con larga trenza defines mi espalda
y en copa de vino me traes al deseo.
Con la mirada en tu belleza,
entre tus piedras, atrapada quedo.

A.