Lago di Garda

Y llegué a Malcesine, pueblo pesquero, colorido y bullicioso en el Lago di Garda, y me quise quedar para siempre en este viejo pantalán, al ritmo del agua golpeteando las maderas que lo sustentaban, con la paz escrita en el rostro.


Rodeada de intensos tonos azules moldeados por la luz del día y con una bruma al caer la tarde que te va desmarcando las siluetas de las montañas que lo rodean, como si se fueran perdiendo en el horizonte, de una en una ante ti, convirtiendo en mágico el  paisaje.

A la mañana siguiente me fui hasta Riva del Garda, otro pueblo precioso en el norte del lago. Allí me hice un recorrido a pie por la carretera antigua, paralela al lago por las montañas, que va hacia Pregasina, un pequeño lugar al que te alegras de llegar por ser la meta de un camino y, también, por la necesidad de recargar energía antes de la necesaria vuelta. Repetiría de nuevo por la inmensidad de su paisaje. Simplemente, maravilloso.

Otro sitio para quedarse ¿Me dará la vida para tanto?

A.

San Giorgio di Valpolicella

No sabía de este lugar, no lo tenía planificado en ninguna de mis rutas. Me imagino cuantos sitios así te llegas a perder cuando viajas, pero, porque soy muy curiosa y me encanta preguntar al que se tercie,  tuve una charla llena de buenas recomendaciones con el chico que me alquiló la casa, cosa que le agradezco en el alma, por si acaso me lee.

Así, y dentro de la filosofía de abarcar menos pero conocer mejor, cambié parte de mi plan y me fui para San Giorgio di Valpolicella. Es ésta una parte de la localidad de Sant’ Ambrogio, di Valpolicella también, zona de buenos vinos dentro de la región del Véneto, Italia.
Según me contó este chico, Denis, toda la piedra que se utilizó para construir la bella Verona salió de allí mismo, y como dato curioso, me insistió en que me fijara en las puertas de su iglesia porque eran de piedra.
Y, vaya que si lo eran, ¡enormes y lisas como lápidas mortuorias!
Me quedé con la duda de si alguna vez las abrirán y cómo, pero, por lo menos, pude entrar  en ella por el lateral y fue hermoso verla iluminada tan sólo por la tenue luz que entraba por un rosetón, y por las velas que le tenían encendidas a su Virgen.

Fue un día hermoso de tormenta y también de Sol, de piedra- toda la localidad es de este material -, de viñedos- los de Valpolicella -, y de unos ñoquis caseros con trufa y queso del lugar, para haberse quedado allí, toda la vida, en aquella mesa, bajo la parra y el cielo del Véneto.

Mantua, una ciudad entre lagos

Cuando decido hacer un viaje a un destino, el Google maps satélite se convierte en mi herramienta preferida para buscar los sitios que me apetece conocer. Esa primera mirada a vista de pájaro es la que me lleva a decidir. Luego, busco toda la información que puedo sobre el lugar o los lugares elegidos, y cuando por fin llego, entonces me equivoco de ruta o pierdo el papel donde llevaba de todo apuntado, y me dejo sorprender, por los mismos, en un juego de seducción que me tiene todo el día sonriendo.
¡Qué le vamos a hacer, así soy yo!
También influyen en las variables, y bastante, los tiempos en los que transcurren los recorridos: esas malditas horas que no deberían ser de visita porque la luz excesiva y el calor le mata la expresividad a todo, al igual que nos convierte en penitentes a los que por allí estamos, en busca y captura de alguna sombra donde cerrar compuertas.
Pero no puede ser todo perfecto, llegando a la hermosa Mantua a las 3 de la tarde de un 21 de agosto, con un calor exactamente igual que del que salí huyendo de mi amada Sevilla.
Tuve buena intuición y me fui primero a las afueras de la ciudad para visitar el Palazzo del Té, en donde busqué los exteriores, el camino hacia el verde, y en el que encontré unos buenos árboles y un banco en el que sentarme a reposar el entusiasmo aún desubicado que llevaba.
Había llegado a Mantua, mi ciudad elegida, la del poeta Virgilio, la fuente de inspiración de muchos célebres escritores. Quería pasearla, fotografiarla y esperar su mejor luz aunque eso me hiciera llegar tarde a Verona, donde me esperaban a una hora determinada el alojamiento y su dueño.
Y me he quedado con muchas ganas, pero así y todo, y a pesar del calor, de las obras que afeaban la ciudad, de mis nervios iniciales estropeando la dulce concentración, pude disfrutarla.
Es Renacimiento puro, rodeada por tres lagos artificiales que en su tiempo le hicieran por defensa, pero que ahora le aporta una belleza inmensa por parecer una ciudad que saliera de entre las aguas. No quiero ni pensar qué tiene que ser recorrerla a primera
hora de la mañana con el Sol naciendo….
Terminé, como había leído en comentarios de otros que antes fueron, en la orilla bonita de su entrada por el Norte. Allá que iba, ya con el tiempo corriendo en mi contra, pero con la fábula de la profetisa Mantova en la cabeza y con la intención de beber de las aguas del lago, en ese querer creer que se hicieron con sus lágrimas y no como cuenta la otra Historia, la seria. Además me habría encantado haber adquirido poderes proféticos, pero había gente en el lugar y estas rarezas mías me gusta hacerlas en soledad.
Lo que no he podido evitar es cargarme la obra que la afeaba tanto, por lo que hay truco en la fotografía que desde allí tomé de ella, por el que pido perdón, siendo la razón de que le haya puesto de nombre: mi Mantua. No tenía tiempo para buscar otra perspectiva en la que no salieran las obras, por lo que otra vez será que tenga que ir a verla. Sin prisas, sin calor, sin éstas y a las horas donde con la fotografía encuentre el total disfrute.
Mi Mantua
Hasta otra, Mantua!
Pd. Me perdí de nuevo y llegué tarde a Verona. Creo que en el fondo me gusta perderme.

Oporto, ciudad de contrastes

De nuevo me surge, porque esta vez no fue mi intención, el hacer un viaje sola.

Sigo pensando que es enriquecedor el tener que ir con los sentidos despiertos desde el minuto uno, pero también, en esta apertura de mente que haces, puede que te veas perfilada en un mundo ajeno a ti de una manera que te remueva por dentro, cuestionándote cosas que, dentro de tu zona de rutina y confort, seguro que ni piensas, por lo que hay que barajar la posibilidad de vulnerabilidad a la que te expones.

Particularmente, me siento tan pequeña y tan agradecida al mismo tiempo cuando tengo la oportunidad de situarme fuera de mi cubito, que soy de las que suelo reír y llorar ante la belleza a la que me empeño en capturar con mi retina; de las que gasto mandíbula probando todos los nuevos sabores a mi alcance; de las que machaco cuerpo y pies pisando otros lugares por donde tantos otros antes caminaron, amaron, lucharon y a saber…..
Y es que, viajar no es otra cosa que descubrir, que conquistar ganando y perdiendo a la vez, por lo que te vacía y te llena de nuevas sensaciones.
Y mi nuevo destino fue Oporto, una ciudad de contrastes, de color y de luz en la que la mirada se te queda literalmente colgada. Es bella con sol y con nubes. Es decadente y poderosa al mismo tiempo. Tiene dos paseos, por las riveras de Oporto y de Gaia, para recorrerlos hasta que ya no te resistan los pies. Tiene unas casas de colores que consiguen borrarte el gris del cuerpo; un largo paseo desde Foz do Douro hasta Matosinhos que te sube el nivel de yodo en la sangre. Gente amable y generosa con su tiempo, y muchos placeres culinarios para perderte de vista la línea mientras estés por allí.
Una pega: está de moda y en fechas típicas de vacaciones está abarrotada. Hay a quien no le importan las multitudes, a mí me aturden. Evidentemente, no puedes dejar de pasear por el centro de la ciudad porque es una preciosidad, pero el gentío no es lo mío y dada las fechas,  no fue mucho lo que por el mismo transité.  Por lo mismo, la elección que tuve de alquilar en el barrio de Foz do Duoro fue fantástica. Y es que allí pegada a la desembocadura del río y a las playas habitan más aves que personas en comparación con el centro de la ciudad, y las conexiones al mismo son fantásticas, por lo que seguro que repito zona cuando vuelva.
También hay barrios menos conocidos y pintorescos para poder ir en fechas altas de turismo, como la zona de Miragaia que, en mi opinión, merecen más de un paseo aunque a base de piernas porque todo es una pura cuesta. Hasta el bello jardín que en el mismo habita es un recorrido de un subir y bajar continuo!
La verdad es que es una ciudad para volver, para vivirla más de una vez.
Átame en tu agua, en la mitad de la salitre y del viento, y déjame que te contemple hasta que llegue la noche  y quieras que el cielo sea mi techo… 
A.

 

 

Cádiz

Entre tantas ciudades bonitas, Cádiz me resulta preciosa.

Quizás sea, porque en ella se huele la alegría con sus tonos dorados y blancos.  Los que rechinan durante el día cuando el Sol de luz los preña; los que iluminan la ciudad cuando el cielo se atormenta.

Tacita hermosa, rodeada del inmenso mar. Recorriendo tus calles, pareciera que éste te cubra por la noche, dejando arrugada su salinidad por las distintas fachadas a su antojo. Y lo que en cualquier otro lugar me pudiera resultar un desperfecto, en ti es que me resulta bucólico, siendo que no quisiera dejarte de pisar, porque sería como querer dejar de estar con mi propia alma.
Y esta vez me paré a ver cómo el Sol te fecunda. Porque, resulta mágico tanto que te da, para luego decirte adiós llevándose de sí tan poco, mientras el cielo se va preparando para ser tu abrigo en la noche.
Y tampoco pude dejar de asomarme al que te acuna, a ese mar tan azul que te rodea, el que te da tu marinero carácter. Agua salada que juega con tus playas y con tus adentros, la que verdea sus azules a merced de la luz del día y de la noche, por lo que también a mis ojos provoca.
A.
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Por el puente de Triana

Caminando por ti, es que voy a verte,
desde la alta zapata que recorre la calle Betis,
o desde la orilla más silvestre.

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Y si me gustan tus costaos
tanto como tus frentes,

más me priva verte los bajos,
que tan forjaos tú tienes.

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Estos que según cuentan, te bendicen o no al amor que les presentas,
siendo que de alambre les vista el corazón, si no les gusta su nobleza.

A.

Escocia, donde la piedra ruge

Hay historias escocesas que nos hablan de la idea de llevar una piedra desde el pie de una colina para colocarla en un montón de piedras en su cima. De esta forma, se irá formando lo que allí se conoce como cairn, el cual se irá haciendo cada vez más grande hasta servir de guía en el horizonte. También hay otras que nos cuentan tradiciones sobre piedras que fueron usadas para coronar destinos, como narra la historia sobre la Piedra de Scone….
Bellos relatos sobre este elemento que ruge llamando tu atención por todas las tierras de Escocia.

Como poco, así es como yo lo he sentido por la zona por la que he viajado y es que, desde el momento en el que te asomas al maravilloso archipiélago, el de las Islas Orcadas, que en su Norte habita, la piedra surge, se vuelve relevante y te cautiva. Te estremece la tremenda belleza que tienen las que provocan la erosión que el viento y el mar producen en sus costas; los colores tan distintos que adoptan y que reflejan, dependiendo de la luz que sobre ellas incida, o de si llueve o no, llegando a ser capaces de vaciarte el pensamiento cuando te quedas observándolas, de manera similar a esa calma hueca a la que logran llevarte las llamas de un buen fuego de leña.

Y no solo será que te fascinen las que produce la propia Naturaleza. También e incluso más, las que humanamente fueron trabajadas. Piedras que, por cuantas manos, desde hace millones de años, habrán sido laboradas para construir refugios donde cobijarse, para calentarlos y hacerlos habitables, o bien para parcelar tierras o campos; como utensilios, como armas, como asientos, como pilares…..
Aquellas que fueron labradas para satisfacer a los Dioses, o quizás para conocer cuando eran los solsticios y así celebrar el poder de tan bello astro en la Tierra.
Las que tallaron en otras formas persiguiendo el crear arte, o las que creamos con imágenes capturándolas desde diferentes perspectivas en un intento por conseguir belleza.
O simplemente, las que por su pequeño tamaño, son usadas para traerse un trocito de esa tierra tuya tan hermosa.

A.

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