Sentirse libre

No puedo moverme. Tengo los ojos abiertos, el pecho me late y tengo tenso al pensamiento, luego sigo existiendo. No me veo ataduras en las manos, nada roto impidiendo el movimiento. Pero me siento anclada, como si algo enorme me tuviera bajo su encierro. Ni verle la forma puedo¿ Será invisible en su poder?
No, no lo es. Yo lo noto y hasta sé lo que es, aun siendo incapaz de no sudar el miedo que ya me está provocando. Pero no me sale el gritarlo, sacarlo de mis adentros como si fuera un simple vómito.

Y mientras sufro esto, me resulta difícil ver cómo te vas alejando con toda la vida que te llevas, sin importarte si de ella formo o no formo parte. Y no lo entiendo, porque ya no quiero seguir varada aquí, esperando que sea de otro el capricho de que me mueva o no por tus aguas.

Quisiera no ser como la barca que se queda anclada en la tierra esperando que hasta ti la lleven o a que tú vuelvas. Necesito ser quien decida cuando tengo que pararme y cuando no. Correr a pecho descubierto hasta que ya no pueda más. Medirme conmigo misma, aunque caiga, y a pesar de no salir victoriosa. Porque un día fui consciente del poder que otorga la libertad elegida y, ahora que de nuevo la perdí, necesito, como esa barca necesita el agua para sentirse viva, soltarme de tanto que, de nuevo, me pesa.

A.

Barcas

Hasta Matías tiene su barca, cada cual tiene la suya.
Para cruzar la ría, para llegar a la mar.
Algunas viven en la arena perdiendo agua por sus hechuras;
a otras, las mece el viento a su compás.
Y cuando el aire se calma, parecieran flotar en la nada,
a la que ellas, curiosas, se asoman del revés.
Y al ver que tú las miras, se hacen grandes
en ese coqueteo que se traen con el agua.

A.

 

Ría de Formosa. Cacela Velha, Portugal.

Borghetto sul Mincio

Cuando se hace un viaje hay días que terminan siendo como no los habías planeado, o al menos a mí me suele pasar. Este fue uno de ellos y resultó ser delicioso a pesar de dejarle hueco a la nostalgia. Quizás, como la naturaleza me gusta tanto, cuando se me pone delante con demasiada hermosura, me trae a todos los que me gustaría que, en ese instante, estuvieran conmigo para poder compartirla, siendo una de las razones de mi pasión por capturar imágenes.

Verona amaneció muy nublada y, a pesar de ello, me fui a fotografiarla a eso de las siete de la mañana. Algo muy significativo para mí porque, teniendo en cuenta que jamás salgo de casa sin desayunar, las ganas me llevaron a levantarme en mitad de la noche, y esto, en plenas vacaciones, me dio qué pensar. Media hora después estaba frente al Ponte Petra, chorreando, con paraguas en ristre protegiendo la máquina de fotos mientras intentaba lograr algún disparo decente. Y una hora más tarde estaba en casa, un tanto frustrada por haber exprimido más la ropa que la emoción, pero algo más reconfortada con el segundo café de la mañana en la mano y un exquisito bizcocho que me compré en la panadería que había junto a la urbanización. No quisieron darme la receta pero aún sigo buscándola por internet, porque nunca probé nada igual: la masa quedaba en forma de rosas sobre una base de caramelo. Creo que llegué a tener hasta espasmos de placer.

Ya repuesta y no queriendo atrincherarme en el apartamento viendo la lluvia caer, me puse a buscar información en internet sobre alguna zona bonita que no estuviera muy lejos, un lugar por donde pasear la vista un rato aunque fuera desde dentro del coche. Y me encontré con opiniones sobre Borghetto que no me dejaron indiferente, por lo que allá que me fui, con la gran suerte de que la lluvia paró en cuanto llegué.

No lo pude ver más bonito. El cielo en tonos grises con nubarrones de tormenta; el sol tímido intentando asomarse; la yerba recién mojada, y el río Mincio con unos tonos verdes brillantes, como recién lavados.
Aquel pueblecito medieval es y me resultó precioso: sus murallas desafiando al tiempo, su castillo, sus molinos de agua y su puente-presa Visconteo, único en Europa. Todo en sí es cautivador.

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Y, en medio de aquello, te tuve que echar de menos. Solté la cámara y me senté en la rivera pensando lo divertido que habría sido pasearla en bicicleta contigo. Pararnos luego a comer en cualquiera de los restaurantes que, desde fuera, ya incitaban los sentidos, para seguir viendo candados con promesas de amor, y reírnos, ya que nunca nosotros pudimos ponerle cierre a lo nuestro.
Me habría encantado hasta que me riñeras por no poder parar de hacer fotos. Te habría necesitado allí a mi lado, no más.

Quizás, la barca que sale meciéndose en la mitad de mis fotos hubiera dejado de hacerlo por habernos llevado donde nadie nos viera, hacia el final por el que se perdía el cauce del río, para, con él, hacerlo nosotros.

A.

Verona

Un lienzo de colores, una paleta en tonos tierra. Sienas, ocres y terracotas; persianas venecianas en distintos tonos de verdes, muros desconchados, óxido y piedra. Así es Verona, una ciudad con pátina, con sabor a antiguo. Hasta a su río Adigio lo tintan los guijarros y la arcilla.

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Es cálida y bulliciosa, huele a risotto, Amarone y pecorino.
Romántica y trágica por su Romeo y Julieta, te lleva más a lo épico su anfiteatro Arena. Soberbio y sólido, te coloca la espada y el escudo en cuanto allí te sientas.

Eterna como las piedras que le dan forma, me ha seducido su Ponte di Castelvecchio, el del viejo castillo con sus rojizas almenas; las historias grabadas en sus muros, las que por dentro encierra.  Su Ponte Pietra, y su Duomo, despuntando en su alzado, cual faro que iluminase la ciudad. La Piazza delle Erbe, que tiene bonito hasta el nombre, siendo un lugar lleno de vida, de los que hay que guardar en la retina.

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Me gustaron tus leyendas. Más, las que de los huesos de posibles ballenas cuelgan, que las que tocan pechos de bronce en busca del amor eterno. Me fui de allí sin tocarlo y allá llegué sin pareja pero, pese a que me quede sin alguien que me quiera, me basta con haberme enamorado de ti, por lo que te aseguro mi vuelta.

Me sabes a pluma y a verso,
me vistes de seda,
me abrigas con terciopelo.
Con larga trenza defines mi espalda
y en copa de vino me traes al deseo.
Con la mirada en tu belleza,
entre tus piedras, atrapada quedo.

A.

Sentirse amado

Dos seres imperfectos en busca de la felicidad, eso bien podríamos ser tú y yo, cargando mochilas que, de vez en cuando, nos gustaría dejar olvidadas en cualquier parque. Pero, a por las que volveríamos sin ningún tipo de dudas, por no poderle ser infiel a nuestra propia impronta.

Porque, ¿cómo poder abandonar todo lo que se ha vivido?

Y, en este punto en el cual ya no puedo vivir sin mí, mi imperfección se encuentra con la tuya y se tiemblan la una en las manos de la otra, como las hojas de los árboles bailando en la tormenta. Se recuerda la locura que se ha perdido, pero también se anhela.

Se teme a otra herida, a otro posible fracaso. Se huye del dolor emocional pero aún se percibe lo que era el deseo de amar y de ser amado. Un deseo que se resbala entre las yemas de mis dedos mientras lo atraigo con la memoria.

Y, mientras me acaricio, me invade la necesidad de sentirme de nuevo viva. Me tienta la curiosidad de saber qué podría pasar entre dos seres imperfectos. Hermosamente imperfectos, torpes e inseguros. Un hombre y una mujer de mediana edad, dos personas cualesquiera de este mundo.

A.

Lago di Garda

Y llegué a Malcesine, pueblo pesquero, colorido y bullicioso en el Lago di Garda, y me quise quedar para siempre en este viejo pantalán, al ritmo del agua golpeteando las maderas que lo sustentaban, con la paz escrita en el rostro.


Rodeada de intensos tonos azules moldeados por la luz del día y con una bruma al caer la tarde que te va desmarcando las siluetas de las montañas que lo rodean, como si se fueran perdiendo en el horizonte, de una en una ante ti, convirtiendo en mágico el  paisaje.

A la mañana siguiente me fui hasta Riva del Garda, otro pueblo precioso en el norte del lago. Allí me hice un recorrido a pie por la carretera antigua, paralela al lago por las montañas, que va hacia Pregasina, un pequeño lugar al que te alegras de llegar por ser la meta de un camino y, también, por la necesidad de recargar energía antes de la necesaria vuelta. Repetiría de nuevo por la inmensidad de su paisaje. Simplemente, maravilloso.

Otro sitio para quedarse ¿Me dará la vida para tanto?

A.

San Giorgio di Valpolicella

No sabía de este lugar, no lo tenía planificado en ninguna de mis rutas. Me imagino cuantos sitios así te llegas a perder cuando viajas, pero, porque soy muy curiosa y me encanta preguntar al que se tercie,  tuve una charla llena de buenas recomendaciones con el chico que me alquiló la casa, cosa que le agradezco en el alma, por si acaso me lee.

Así, y dentro de la filosofía de abarcar menos pero conocer mejor, cambié parte de mi plan y me fui para San Giorgio di Valpolicella. Es ésta una parte de la localidad de Sant’ Ambrogio, di Valpolicella también, zona de buenos vinos dentro de la región del Véneto, Italia.
Según me contó este chico, Denis, toda la piedra que se utilizó para construir la bella Verona salió de allí mismo, y como dato curioso, me insistió en que me fijara en las puertas de su iglesia porque eran de piedra.
Y, vaya que si lo eran, ¡enormes y lisas como lápidas mortuorias!
Me quedé con la duda de si alguna vez las abrirán y cómo, pero, por lo menos, pude entrar  en ella por el lateral y fue hermoso verla iluminada tan sólo por la tenue luz que entraba por un rosetón, y por las velas que le tenían encendidas a su Virgen.

Fue un día hermoso de tormenta y también de Sol, de piedra- toda la localidad es de este material -, de viñedos- los de Valpolicella -, y de unos ñoquis caseros con trufa y queso del lugar, para haberse quedado allí, toda la vida, en aquella mesa, bajo la parra y el cielo del Véneto.