Un paseo por Isla Mayor

Por fin salió el sol y aunque estaba bien en casa, fuera andaba el aire tan libre como yo, por lo que vencí la pereza, y con la cámara al hombro, me subí al coche con la simple idea de mirar y respirar hondo.

Hace tiempo que quería perderme por la carretera de Isla Mayor e ir parando donde me naciera, y me resulta curioso que haya tardado tanto teniéndola tan a mano. Quizás, con el afán por descubrir, siempre pensamos en volar lejos y lo de al lado lo dejamos de lado. Una estupidez.

En esta mini aventura, un color, una bandada de pájaros, los charcos y los juncos o una simple casa al sol, hacen que me baje y suba al coche decenas de veces. Dirán que por qué no dejé aparcado el trasto y caminé. La razón fue simple: millones de mosquitos dispuestos a devorarme, o eso pensé yo. Me dio igual no estirar de paso las piernas, disfruté con el verde –que estaba bien verde–, y sorteé con cuidado el barro y los miles de baches, no sin pensar que podría en uno de ellos quedarme.

Campo de marismasMarismaCaminoPie de marismas

Cuando el sol empezó a perderse, me fui por donde vine hasta que le ví por el espejo retrovisor. Fue imposible no frenar y salir de nuevo a encuadrar lo que me estaba dejando atrás. Él a mí, que no lo contrario.

Puesta de Sol en Isla MayorPuesta de Sol

 

Ampa

Montmartre

Je veux

“Quiero amor, diversión, buen humor.
No es tu dinero lo que me hará feliz,
quiero morir con la mano en el corazón”

Fragmento de la famosa canción de Zas

Me quedé a dormir en la colina de Montmartre, en un hotelito en la rue Lepic y dediqué todo un día a subir y a bajar por sus estrechas calles; resoplé entre sus miles de escalones.

Me maravillé con la luz sobre la basílica de Sacré Coeur: me llevó en una ilusión a viajar a la India hasta que ubiqué su distintivo corazón. Disfruté en la Place du Tertre,  enfocándola en blanco y negro, en un intento por imaginarme rodeada de los pintores impresionistas del sXIX que vivieron en aquella comuna bohemia.

Me sentí Amelie en su café y casi me corto el flequillo. Bebí tinto en copas muy pequeñas, en baretos empolvados, y me traje las maravillosas tartas de frutas, a modo de encurtidos, en los huecos de mi cintura.

Y, desde la basílica, vi la puesta del Sol dejando al perderse un cielo de tonos naranjas y rosas sobre París

Cuando vuelva, de nuevo Montmartre será mi nido.

A.

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Tour Eiffel

He leído que de sus curvaturas tiene la culpa la fuerza que puede llegar a tener el viento. Que sus 7300 toneladas de hierro pudelado le aportan una gracilidad y una transparencia que te alejan de creerla tan pesada. Y que sus 300 metros de altura ejercen tal poder de seducción que, vayas por donde vayas, no te resistes con la vista a buscarla, porque a todo llega con su magnitud, como si fuese el vigilante que mide tus pasos por la ciudad. Un acompañante con la capacidad de alimentar los sueños y los deseos.

A. (no es por nada, pero tiene el diseño de la letra por la que empieza mi nombre)

Puentes de París

En el año 52 a.C., la tribu de los parissi, que habitaban en la Isla de la Cité, iniciaron la construcción de los primeros puentes de París.

En la actualidad hay 37 puentes uniendo las dos orillas del Sena, habiendo sido imposible para estas piernas recorrerlos todos. Pero, he disfrutado de parte de estos muelles inscritos en el patrimonio mundial de la Unesco, y algo de ellos me traje conmigo.

A.

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Sentirse libre

No puedo moverme. Tengo los ojos abiertos, el pecho me late y tengo tenso al pensamiento, luego sigo existiendo. No me veo ataduras en las manos, nada roto impidiendo el movimiento. Pero me siento anclada, como si algo enorme me tuviera bajo su encierro. Ni verle la forma puedo¿ Será invisible en su poder?
No, no lo es. Yo lo noto y hasta sé lo que es, aun siendo incapaz de no sudar el miedo que ya me está provocando. Pero no me sale el gritarlo, sacarlo de mis adentros como si fuera un simple vómito.

Y mientras sufro esto, me resulta difícil ver cómo te vas alejando con toda la vida que te llevas, sin importarte si de ella formo o no formo parte. Y no lo entiendo, porque ya no quiero seguir varada aquí, esperando que sea de otro el capricho de que me mueva o no por tus aguas.

Quisiera no ser como la barca que se queda anclada en la tierra esperando que hasta ti la lleven o a que tú vuelvas. Necesito ser quien decida cuando tengo que pararme y cuando no. Correr a pecho descubierto hasta que ya no pueda más. Medirme conmigo misma, aunque caiga, y a pesar de no salir victoriosa. Porque un día fui consciente del poder que otorga la libertad elegida y, ahora que de nuevo la perdí, necesito, como esa barca necesita el agua para sentirse viva, soltarme de tanto que, de nuevo, me pesa.

A.

Barcas

Hasta Matías tiene su barca, cada cual tiene la suya.
Para cruzar la ría, para llegar a la mar.
Algunas viven en la arena perdiendo agua por sus hechuras;
a otras, las mece el viento a su compás.
Y cuando el aire se calma, parecieran flotar en la nada,
a la que ellas, curiosas, se asoman del revés.
Y al ver que tú las miras, se hacen grandes
en ese coqueteo que se traen con el agua.

A.

 

Ría de Formosa. Cacela Velha, Portugal.