Amsterdam queda entre tú y yo

Un viaje a Amsterdam único, como cada aventura debe de ser. Disfruta esta ciudad cosmopolita, siéntela tuya.

Viajar es descubrir

No es un viaje para hacer a solas. Elige la compañía que quieras — amigos, familia, hijos, pareja— pero disfrútala con alguien. Es una ciudad divertida y abierta, una urbe que te incita a compartir.

¿Sabéis que es el centro mundial de la cultura de la bicicleta? Hay más de siete millones de ellas y créeme que las hacen notar. Esto es lo primero que llamó mi atención porque ver a la gente circulando con la brisa te agiliza el ánimo. Además, creo que es bueno que sepas que debes vigilar tus pasos al cruzar de acera, sobre todo cuando termina la jornada laboral. Pedalean rápido y son demasiados.

¿Por qué, cómo y cuando fui a parar a esta ciudad tan animosa?

El beso en el puerto de Pierowall, Westray, nos dejó bocas de besugo tanto a Jerry como a mí. Con ganas de más pero a 3500 kilómetros de distancia, con muchas trabas para hablar de corrido sobre los sentimientos y más manías adoptadas en costumbres de vida antagónicas, no lo teníamos nada fácil. Para colmo, no podíamos usar siquiera el whatsapp por ser él ajeno a cualquier avance tecnológico. Su teléfono era el de un troglodita de la comunicación.

Pero lanzó un mensaje en una botella con una cita para pasar unos días en Amsterdam, en casa de su única hermana y me llegó. Ella le había invitado y le preguntó si podría ir yo también. Dijo que sí.
Todo cuadró y en un mes estaba a quince minutos de aterrizar en Schiphol, el aeropuerto de Holanda, el más bullicioso en el que he estado en mi vida. Tiene deambulando una media de 55 millones de viajeros al año, de todas las razas, estilos y con todos los colores que te puedas imaginar. Mucha gente joven cool y cosmopolita.
Se abrieron las puertas que daban paso a la aventura y en ese ambiente me paré a buscar al hombre que dejé en Westray entre vacas, piedras y ovejas con la esperanza de encontrarle adaptado a este nuevo mundo. Como poco, sin las gruesas botas viejas de trabajo ni el gorro marrón con orejeras forradas de borrego gris. Entre cabezas de punkies, de rubias con trenzas, de pelos fijados en andamios o al cielo raso, acerté a ver el brazo de alguien saliendo de detrás de una columna. Era obvio que asomaba tímidamente y además, sujetaba un ramillete de tulipanes muy raros. La intuición me hizo ladear la cabeza para agrandar el ángulo de visión y allí estaba media de la de Jerry mirándome como un babuino que espera impaciente y temeroso la mía de retorno. Fue mi primer shock.

Tenía exactamente el mismo look con el que lo dejé —incluidas las botas— pero sin el encanto del entorno de Westray. Por más que recorté su silueta para sacarlo de aquella escena, ni mis tacones ni yo conseguimos abstraernos de la cruda desavenencia que manejábamos los dos respecto a la apariencia. Su ternura tendría que luchar contra las estupideces de una chica jugando a ser la mujer más fashion del mundo.

Se llevó toda la noche viajando en autobús para ir antes a casa de su hermana que al aeropuerto a recogerme. Estaba cansado y tan nervioso que compró flores de plástico creyendo que eran naturales. En la otra mano y para rematar, me traía fruta cortada de su desayuno en una bolsa de plástico corriente. Ahora me río pero no estaba preparada para tal contraste. Sentados —él de nuevo— en el autobús que nos llevaría hasta la ciudad, con la maleta entre las piernas, hablé y hablé — en inglés y también en castellano— y me comí los trozos vencidos de piña hasta sacudirme los nervios que no quería que me llevaran de vuelta. ¿A quién esperé encontrar? ¿A Pierce Brosnan?

Eran las cinco de la tarde. La fruta tuvo la capacidad de vaciarme hasta el pensamiento. Acabó con cualquier ejercicio más de imaginación. Lo siguiente sería conocer a su hermana y a su familia, la casa…
Where we were going?.

Pero la vida castiga la ignorancia y a mí me dio una hostia en mis propias narices. El autobús paró y llegamos andando a pleno centro de Amsterdam, a una de las calles con canales mas bonitas que allí hay. Estábamos en Prinsengracht street junto al Prince’s canal, nada más y nada menos que uno de los tres que forman el Canal Ring de esta preciosa ciudad, Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO desde el 2010. Jerry se paró ante la puerta de una casa típica de fachada estrecha y la abrió con una llave que se sacó del bolsillo de su cazadora, como el que saca un conejo de una chistera.

—Just arrived! —, said to me with a smile I hadn’t seen before.

—Is this yours sister’s house? —replied while astonished.

Segundo shock. ¡No daba crédito!. Estaba entrando en una de las casas más bonitas y acogedoras que había visto en mi vida. Era romántica y moderna, con unas antigüedades increíbles y un ventanal sobre el canal para no hacer otra cosa más que mirar desde allí sentada.
Tenía tres plantas llenas de buena vida y nos acomodaron en el último piso, en la habitación de la buhardilla, con una sola cama grande para los dos. Oh, oh.

La hermana de Jerry hace de todo un poco. Le encanta la moda y es diseñadora de chalecos de trajes masculinos. Su marido era, por entonces, un ejecutivo de nivel en General Electric. A ambos les encantaba recibir amigos en casa y en homenaje a nosotros habían preparado una cena. La cocina era una isla integrada en el mismo salón de los ventanales y allí andaba ella liada con un gran pollo en el horno; verduras varias, quesos…En un rato llegarían los invitados.

Nos organizamos rápido para acomodarnos, darnos una buena ducha y cambiarnos de ropa. Le pedí ser la primera para ayudar en algo a Lissa y le dejé arriba organizando sus cosas. Bajé despacio, atónita con los cuadros que adornaban el hueco de la escalera. Arte moderno con sello. Como buena inglesa, la reina Isabel II lucía en el mejor lugar de la misma pero de una manera muy alternativa. Ella estaba ultimando los preparativos y, como su hermano, lucía una eterna sonrisa. No se parecían en nada más.

El timbre de la puerta sonó y me ofrecí a abrir. Una mujer más que glamurosa subía las estrechas escaleras. Lucía una melena pelirroja envidiable, labios pintados en el mismo color y un vestido largo pero informal que dejó mi atuendo de Zara temblando contra la pared. También era inglesa y gestionaba una de las galerías de arte mejores de Londres. Aparte del buen tinto que compartimos, esa noche bebí tragos merecidos de humildad, de estilo y de amplitud de miras.

Jerry bajó enfundado en unos pantalones vaqueros negros, camisa del mismo color y sin zapatos, con unos calcetines turquesas de rizo gordo vistiendo sus pies. Su estilo, por encima de lo que a los demás pudiera importarle, terminó de apalear mi sentido de la estética pero, a la vez, consiguió borrar tanta estupidez por mi parte. Sería cuestión de hacer el mismo ejercicio que ya empezaba a hacer en casa con los cuadros: dejarlos torcidos a pesar de la obsesiva métrica de mis ojos. Indudablemente, era mío el problema por lo que me dije aquello de “come, ama y reza”.
La excelente compañía y el vino hicieron lo demás. La pelirroja no paró de preguntarnos cómo nos conocimos. Estaba absorta de la conexión entre un amante de las ovejas viviendo en Westray y una bailaora frustrada de flamenco, en Sevilla, a tres mil quinientos kilómetros de distancia. Lissa me guiñaba el ojo mientras se empeñó en contarme las razones por las que, en el amor, le había ido mal a su hermano. Jerry no paró de sonreír y entre todas las voces se grabó la de Chris, el cuñado, quien enfundado en un maravilloso traje de Hermes dijo alto y claro:

—Jerry is the smartest of all of us —and I thought he was right. He lives as he wants and is above silly prejudices.


Es especialista en ver museos de arte y pintura. Al día siguiente fuimos al primero, al Rijksmuseum. Se deleitaba en explicarme lo que estaba segura que él ya había visto varias veces. Observaba mis reacciones y disfrutaba con ello.
Entramos en varias tiendas de diseño de muebles y en anticuarios. Os lo recomiendo al igual que visitar los mercadillos. El Bloemenmarkt situado junto al canal Singel o el Albert Cuyp en el barrio de Pijp son imprescindibles.

Recorriendo el centro de la ciudad pasamos por delante de uno de los miles de Coffee shop que hay. Sí, donde venden los cigarrillos de marihuana y cannabis en una carta como el que vende tartas variadas. La noche anterior, su hermana nos había enseñado la pequeña y coqueta terraza que tenían en la azotea desde la que se veía iluminada la Torre de Westerkerk. Fue impulsivo. Mi boca habló antes que mi mente y le incité a entrar para comprarnos uno y compartirlo luego en aquel lugar maravilloso.

—Nooooo, never smoked one! No cigarettes, drugs or similar. Are you crazy? —he asked me while laughing.

—Why not? One day in a life!. Yes, its crazy but come on—begged him.

Y entramos. El camarero estimó que el nuestro era el nivel intermedio. Insistimos en que era nuestra primera vez pero él lo hizo más y salimos de allí con el tubo de ensayo que él quiso. Dentro, el “placer” liado por un papel blanco.

La noche llegó y con ella otra cena exquisita. Lissa cocinaba francamente bien y nos deleitó el paladar. Cuando terminamos, Jerry le pidió permiso para subir a la azotea a fumarnos el pitillo y ella accedió. Eso sí, nos advirtió para no hacer demasiado ruido porque su vecina no era muy amigable.

Como dos tontos adolescentes queriendo trasnochar en la locura subimos a la cubierta. Hacía viento y aquello no debía de tener nada de tabaco porque se apagaba a cada instante. Le pedí que lo intentara él, segura de que aspiraría más fuerte que yo. Culpabilizando al aire, se fue detrás de una especie de caldera para poder encenderlo y tras diez minutos allí agachado, fui para ver. Jerry miraba fijamente al pitillo que tenía sujeto con la mano izquierda mientras, con la otra mano, le metía la llama con el mechero. ¡Sin ponérselo en la boca y tirar para dentro!

Indudablemente, nunca había fumado. No podía parar de reír. Me encargué del plan explicándole la mecánica de la aspiración y el nivel intermedio del cannabis subió de categoría, por lo menos en nosotros.

No nos acordamos ni de cómo bajamos las escaleras. La noche se tiñó de tonos rojos y violetas. Los pies amanecieron tarde y en la cabecera, las sábanas deshechas; la habitación brillaba entera y la vecina dejó un cartel en la puerta de la vivienda.

Desde la azotea
Subí a cerciorarme de que seguía igual que la noche anterior. Todo me pareció mucho más luminoso y colorido…
@soldevillaa

Se nos desmelenó el alma. Camino del segundo museo sólo veíamos señales de felicidad.

Lovers: amantes…
@soldevillaa

KRACHTW’UK: poder total…
@soldevillaa

Esto debe de ser un Tú y yo
@soldevillaa

No puedes ir a Amsterdam y no ir a ver el Van Gogh Museum (pincha para ver el enlace). Esa mañana descubrí el ídolo de este hombre. Se sabía de memoria la vida, las etapas, los escritos y el gran afán por aprender y desarrollar todas las técnicas de este magnífico artista. En cada sala, cada uno elegíamos una obra en el juego de adivinar la que le había gustado al otro. Me sumergió de cabeza en la obra de Van Gogh, literalmente.
Era tan distinta su alma de su apariencia. Tan tonta yo por seguir siendo dependiente de la envoltura. Me creía libre y no, no lo era. Los lazos con los que se vestía mi madre aún me anudaban. Pero iba siempre tan mona. Eso, sí.

Ese día aprendí también sobre las fachadas estrechas de las casas de Amsterdam. Sobre la importancia de los adornos salientes que adornaban la altura de las mismas, primero por tendencias de la época, pero luego para aparentar tener más que otros. Y de los ganchos que colgaban de ellas con el fin de poder subir los muebles en las mudanzas ya que no cabían por las estrechas escaleras.

La universalidad de la apariencia
@soldevillaa

Ganchos en las fachadas. Parece que las casas se van a caer, pero no. Dicen por ahí que se debe al peso de los muebles de tantas mudanzas. Cuesta creerlo. Personalmente me convence más la teoría de una construcción hecha sobre terrenos susceptibles de movimiento.
Sí es curioso que siempre sea para delante…
@soldevillaa

Paseando por Amsterdam. Sigo viendo angelotes…
@soldevillaa

Al día siguiente terminó para mí nuestra pequeña aventura en aquella ciudad y con su familia. Él se quedaría unos días más.


Pronto llegaría la Navidad y el siguiente encuentro entre los dos. Esta vez, en Londres, nos dimos nuestros primeros Christmas presents. Jerry es feliz regalando cosas y no es nada tradicional. Desde entonces, tengo mi casa regada de pequeñas y maravillosas cosas que me llegan desde Escocia.

una mini Vaca escocesa de lana virgen—un manojo de LLaves antiguas con carteles explicando lo que cada una abría—un Mensaje envuelto en una navaja del mar—una Cabeza de vaca Escocesa, de madera y ramas, para colgar en la pared—una libreta para escribir forrada con auténtico Tartan escocés—láminas de Amparo dibujada al más puro estilo Matisse—bolígrafo con un Diamante en la punta para que no eche de menos Bulgari (he trabajado allí mis últimos nueve años)—un Broche de un perro de tartan también—un Colgante con la piedra de la suerte—otro con una piedra de la playa—dos Bichas de plástico amarradas, con un cartel que avisa de dejarlas así (tiene pinta de brujería pero él es tan bueno que ahí las tengo en un cajón—monedas de Chocolate para mis hijos con veintitantos años los dos…

En febrero del 2018 vino a Sevilla por primera vez. Con terror a volar cogió un vuelo hasta aquí y casi muere varias veces viviendo la ciudad. El encuentro con el jamón serrano, con las espinacas con garbanzos o con el pescaíto frito; el vino, los azulejos de los Reales Alcázares, el Barrio de Santa Cruz, la Giralda, la Catedral…Jerry vivió en un continuo desmayo emocional.

En este encuentro decidimos, sin embargo, seguir con una relación de buena amistad entre los dos. Demasiadas complicaciones familiares para juntar vidas y demasiados kilometros de distancia. Sumando, el trabajo y las mochilas de ambos a cuesta. Al verano siguiente tuvo las santas narices de volver a España, desde Westray y conduciendo su vieja furgoneta amarilla, para conocer Vejer de la Frontera. Se trajo todos sus utensilios de pintura y se enamoró de aquel trocito de Cádiz.

Por fin se compró un móvil con capacidad para usar whatsapp y por ahí solemos mantener el contacto. Él comparte conmigo sus pinturas y yo, mis fotos. Seguimos hablando con mi nivel de inglés porque él se quedó en el “hola” y en el “pisha”. Todas las Navidades nos manda un Christmas card y, por supuesto, uno de sus geniales regalos. Esta última vino a vernos de nuevo y celebramos el 25 con un buen cocido en casa.

Bendita esta vida que me dio amigos como Jerry. Un ser a 3500 km de distancia que siempre se interesa por mis cosas y que se empeña en ayudarme con lo que pueda. Siempre que pienso en él, en aquella isla, lo imagino como un personaje de cuento. Un hombretón tierno y solitario, artista y rebelde, empeñado en formar parte de la naturaleza de su entorno. Seguro que por las noches habla con las sirenas e incluso las rescata de los peligros de la mar. Lo mismo se enamoró de una de ellas…

Soldevillaa

Cruzamos varios puentes para llegar a esta hermosa amistad
@soldevillaa

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