La fotografía me cautiva

Me cautiva. No sé en que momento de la vida me surgió esta afición, la de mirar hacia fuera para emocionarme.

Creo que, hasta que no tuve hijos, viví más centrada en mi mundo interior que en el que me rodeaba. En mi desbordante imaginación encontraba más estímulos que en la propia realidad, aunque siempre partiera de esta para luego deformarla.  No todos los puzzles que hacía con mis sensaciones y emociones los compartía con los demás. No por nada especial, tan sólo veía la cara de interrogante que muchos me ponían cuando les abría mi mente, que esta tardaba en cerrarse, cero—coma—dos.

Bailando, sí me he sentido más que comprendida y haciendo reír, también, por lo que ambas cosas las he hecho toda mi vida. 

Sin embargo, con la fotografía, que también me atrajo desde pequeña, no me he empezado a sentir a gusto hasta casi antes de ayer. Y mucho es…
Me acuerdo cuando iba de excursión con mi pequeña cámara y mi carrete kodak; cuando me revelaban las cosas que yo sí había visto y las imágenes en el papel me decían lo contrario. Era tan frustrante…

Con el tiempo, en mis manos cayó una mejor con la que, en modo automático, conseguí hacer alguna que otra foto buena. Quizás debió de alumbrarme el mismo Dios o algún Santo porque, cuando trataban de explicarme lo de la apertura de luz y la velocidad, siempre me quedaba ojiplática y, sin embargo, con esa cámara mi nivel subió.  Pero, vamos, que todo fue el poder de contar con la letra A, que mi mente siguió sin lumbre alguna para el tema. Este cerebro mío, creativo e intuitivo, siempre se ha rayado con facilidad ante los tecnicismos, aunque vamos mejorando.

Entonces, con la autoestima arriba gracias al poder del automatismo, decidí comprarme una buena cámara: mi primera propia. Una con la carcasa roja que, cuando salía con ella de paseo, me hacía sentir la más chula del barrio. Era una cámara puente, entre digital y réflex. 

Siento decir que mi primer año con ella siguió siendo en automático, pero aún así, me empeñé en que mi ojo afinara decidiendo lo que enfocar o no. Y como que voy aprendiendo a estar atenta a la belleza o a la rareza, a todo lo que se empeña en contarme cosas. 

Con el nuevo mundo del retoque digital, empecé a compensar mis fallos al disparar con lo divertido que resulta trabajar luego con la foto. Pero, a pesar de todo, seguía picada por no saber hacer un buen disparo en modo manual. Quería lograr una imagen con la misma intensidad con la que ella me miraba, o incluso, con otra distinta, y me apunté a mi primer curso de fotografía. ¡Qué se rieron conmigo! –¿o de mí?– Porque no lograban comprender que bizqueara con todas las efes y los numeritos que te aparecen al mirar por el visor de la cámara. Embizcar de aturdimiento, porque con la rapidez que hay que actuar cuando estás delante de lo que quieres capturar, ¿Cómo le da a uno tiempo de coordinar a toda esa pandilla de símbolos que se ríen de ti en toda tu cara?

Y como cada uno aprende como puede o prefiere, al final encontré mis propios trucos para organizar a todos esos duendes que están en mi réflex y a día de hoy, disfruto con la fotografía como una cerda en una charca de barro. Me queda muchísimo por aprender y descubrir pero la satisfacción de salir a pasear al campo —por ejemplo— y que, de pronto, la cabeza te gire sola en busca de lo que un segundo atrás te ha emocionado hasta el último rincón del cerebro, no tiene precio. Esa luz de la tarde, cálida, que ilumina un paisaje difuminando sus líneas por donde aún lo está calentando. Los colores que abordan tu mirada desde todos los grados de luces y sombras; la magia que se desprende de algo tan simple como una imagen al final de un camino. Un sendero a recorrer en silencio escuchando todo lo que en él late, que no es otra cosa que la vida misma.

En ese momento que disparo, que me asomo a la pantalla y veo que logré capturar lo que me atrajo del horizonte, me pongo tonta y me emociono. Entonces, con la lágrima escapada, estoy segura de haber sido, por unos instantes, la mujer más feliz del mundo.

A.  

2 respuestas a “La fotografía me cautiva

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