Navidad

Hace muy poco oí decir que, la primera vez que vivimos algo, es la que se nos queda grabada en la memoria, con todas sus imágenes, sonidos y olores.

Mi Navidad empieza en la calle Orfila comprando con mi padre los paquetes de musgo y serrín para el Belén de la casa, y termina desatando el cinturón de la bata de mi madre que impide abrir las puertas del salón. Globos, juguetes y caramelos, que alegran y también entristecen, nos esperan tras la entrada inviolable. Entre medias, tardes de muchos pies junto al brasero y noches de nervios bendecidas por las cruces de padre en la frente. Nunca sabré si su intención era santificarme o tan sólo apaciguar mi mente.

Cadenetas con luces de varios colores y diversos empalmes visten la casa de fiesta. No entiendo la coincidencia, por el recorte inevitable de luminarias cada año, pero a San José le toca siempre lucir verde. Al Niño, grana. La casa está tenue pero acogedora. Así se enciende en mi memoria.

Se estrena, como cada año por estas fechas, el equipo de música y el villancico de “Gloria recién nacido gloria” es de los que más hace círculos en el tocadiscos. La ternura suena en la Navidad junto a los compases que hace mi padre chascando dedos.

Madre, con su eterno delantal, el que no se rompe porque lo usa de fiesta en fiesta. Una olla, alargada y roja, que tiene que ocupar dos fuegos de lo grande que es. Un pavo deshuesado, limpio y aliñado, metido en tripas de cerdo. Salen dos royos enormes. Mi Navidad sabe a pavo trufado, desde el 24 hasta el mismo día 6 de enero. Cunde tanto esta comida que, a pesar de ser omnipresente durante estos 14 días, da hasta para congelar. No puedo negarle el sitio al turrón blanco, ni al de chocolate tampoco, y qué decir de las eternas peladillas que nunca desaparecen de los cuencos decorados con motivos navideños. El Roscón de Reyes, sin embargo, es exclusivo del día que le puso el nombre y, por siempre jamás, de la confitería La Campana. Cuantas veces soñé que fuera considerado como al pavo…

Sevilla está preciosa, las luces brillan en todo su esplendor. En casa tengo un árbol con luces nuevas que se ve desde Nueva York y un misterio que hace tiempo hicimos entre mi hija y yo.  Los miro y me encanta porque me llevan hacia atrás. Puedo ver los que hacía con mi padre, puedo sentirme niña de nuevo. De eso se trata. Las luces tenues, el pavo trufado, los villancicos antiguos y el salón cerrado esperando a ser desatado. Esta es la Navidad que vive en mi memoria, a la que voy y de la que vuelvo año tras año.

Deseo que disfrutéis de una Navidad que os devuelva a la niñez, aunque sólo sea por  unos instantes.

A. 

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