París

He vuelto a ella tras diez años. De mi primer viaje, la recuerdo majestuosa porque la imagen que se instaló en mi mente fue la de una ciudad que me envolvía en su grandiosidad. Recorrer los Champs Elysees o pasear por el de Mars, a los pies de la torre Eiffel, te ensancha el pecho, y este tipo de sensaciones no se olvidan.
Algunos años más tarde volvería en dos ocasiones, aunque por trabajo. Pero, la última de ellas, me alojé en Montmartre y en mi tiempo libre engordé mis recuerdos de esta ciudad con otras imágenes, más mundanas y bohemias, que las de la primera vez. Y si aquellas me ensancharon el pecho, estas otras me parecieron música, y con estas sensaciones, me pierdo del gusto que me da.

Ahora, hace tan sólo tres semanas, he tenido la oportunidad de volver. Cuando llegué a la estación de metro de Barbés y me senté, tras subir unos cuantos escalones de más con las maletas, y me topé de frente, él también sentado, con un negraco vestido con una enorme capa verde y como gafas de sol, unas grandes de esquiar -como la forma más natural de ir por una ciudad-, sentí la dicha de estar de nuevo en París.

Quizás, a la edad que ya barajo, haya encontrado agobiante ciertos sitios -como el mismo metro-, y me hayan echado para atrás esas enormes colas que tienes que hacer para visitar los lugares emblemáticos de esta ciudad, pero París no deja de sorprenderme: siempre le encuentro algo que descubrir.

He disfrutado como una enana paseando por la orilla del Sena, la que queda a la sombra, con toda la luz para disfrute de mi mirada. Muchos han sido los puentes que he cruzado y a los que me he asomado a sus bajos. He visto cómo se duerme el agua al anochecer: se viste de plata.

Me recorrí, especialmente, el barrio de St Michael, y entre todas sus peculiares tiendas y baretos antiguos, en los que poder tomarte un fantástico y carísimo café, quedé entusiasmada con la librería  Shaskpeare & Co. Realmente, es un lugar para perderse entre sus libros de segunda mano, libros para leer allí mismo, en sus viejos pero cómodos divanes, no pudiendo uno comprarlos.

Me han enseñado la cautivadora iglesia de St Eustaque, la que te abraza y enmudece al mismo tiempo, con la enorme suerte de haberla disfrutado casi en soledad. He disfrutado de museos como el Marmottan, el de Cluny o Roden.

He comido como una italiana o una turca; me he hartado de quesos, de buen pan y de la tarte Tatin. He bebido tinto, poca agua y mucho café.

Y por segunda vez, me he hospedado en Montmartre, en la Rue Lepic, despertándome con las campanas de la Iglesia y el bullicio de la calle. Subí a Sacre Coeur por la mañana y al atardecer, y he soñado contemplando los tejados de París. Ha sido un espectáculo ver la torre Eiffel desde allí: como despuntaba entre la bruma que tapaba Paris esa mañana, casi como un fantasma, y más aún, como se perdía en el atardecer entre un cielo de tonos naranjas.

París, je t’aime,

A. 

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