Borghetto sul Mincio

Cuando se hace un viaje hay días que terminan siendo como no los habías planeado, o al menos a mí me suele pasar. Este fue uno de ellos y resultó ser delicioso a pesar de dejarle hueco a la nostalgia. Quizás, como la naturaleza me gusta tanto, cuando se me pone delante con demasiada hermosura, me trae a todos los que me gustaría que, en ese instante, estuvieran conmigo para poder compartirla, siendo una de las razones de mi pasión por capturar imágenes.

Verona amaneció muy nublada y, a pesar de ello, me fui a fotografiarla a eso de las siete de la mañana. Algo muy significativo para mí porque, teniendo en cuenta que jamás salgo de casa sin desayunar, las ganas me llevaron a levantarme en mitad de la noche, y esto, en plenas vacaciones, me dio qué pensar. Media hora después estaba frente al Ponte Petra, chorreando, con paraguas en ristre protegiendo la máquina de fotos mientras intentaba lograr algún disparo decente. Y una hora más tarde estaba en casa, un tanto frustrada por haber exprimido más la ropa que la emoción, pero algo más reconfortada con el segundo café de la mañana en la mano y un exquisito bizcocho que me compré en la panadería que había junto a la urbanización. No quisieron darme la receta pero aún sigo buscándola por internet, porque nunca probé nada igual: la masa quedaba en forma de rosas sobre una base de caramelo. Creo que llegué a tener hasta espasmos de placer.

Ya repuesta y no queriendo atrincherarme en el apartamento viendo la lluvia caer, me puse a buscar información en internet sobre alguna zona bonita que no estuviera muy lejos, un lugar por donde pasear la vista un rato aunque fuera desde dentro del coche. Y me encontré con opiniones sobre Borghetto que no me dejaron indiferente, por lo que allá que me fui, con la gran suerte de que la lluvia paró en cuanto llegué.

No lo pude ver más bonito. El cielo en tonos grises con nubarrones de tormenta; el sol tímido intentando asomarse; la yerba recién mojada, y el río Mincio con unos tonos verdes brillantes, como recién lavados.
Aquel pueblecito medieval es y me resultó precioso: sus murallas desafiando al tiempo, su castillo, sus molinos de agua y su puente-presa Visconteo, único en Europa. Todo en sí es cautivador.

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Y, en medio de aquello, te tuve que echar de menos. Solté la cámara y me senté en la rivera pensando lo divertido que habría sido pasearla en bicicleta contigo. Pararnos luego a comer en cualquiera de los restaurantes que, desde fuera, ya incitaban los sentidos, para seguir viendo candados con promesas de amor, y reírnos, ya que nunca nosotros pudimos ponerle cierre a lo nuestro.
Me habría encantado hasta que me riñeras por no poder parar de hacer fotos. Te habría necesitado allí a mi lado, no más.

Quizás, la barca que sale meciéndose en la mitad de mis fotos hubiera dejado de hacerlo por habernos llevado donde nadie nos viera, hacia el final por el que se perdía el cauce del río, para, con él, hacerlo nosotros.

A.

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