La maquinaria

Dicen que la edad te cambia, que te transforma. El envoltorio, desde luego. De pie estoy frente al espejo y aunque me reconozco, no me cabe duda alguna. Todas las facciones se afinaron, los músculos andan más relajados de la cuenta. La piel con sus correspondientes heridas de guerra, las benditas arrugas de la risa y las otras tantas no tan benditas. En fin, el tiempo marcando su inevitable paso.
Pero si me paro a entrar en la mirada que me observa, llego hasta donde reside la que nunca tendrá edad que la descuelgue mientras de sueños se alimente. Y es en este momento en el que recupero mi impronta procurando alejarme hasta de mi sombra, porque prefiero pensar en todo el tiempo que me queda por delante que andar penando  en lo que me resta. Prefiero este tipo de tiempo, que al igual que la mente, no caduca. Porque un día dejaré simplemente de existir, pero al mismo tiempo que la consciencia, por lo que para qué darle el más mínimo pensamiento.
Y así llego a la reflexión que me provocan frases como las de “estoy en una etapa de mi vida en la que yo ya….”, estableciéndose un antes y un después como si por dentro se pudiera mutar casi que de humano a simple ameba, mermándosele a uno las capacidades que en un tiempo tuvo- y las ganas de paso -de tal manera, que yo ya en ese punto será que me niegue a reconocerme.
Porque, aunque también se nos gaste el circuito interno, poderosa será siempre la mente que lo mueve. La misma que nos nace y nos muere.
Quizás en mi caso hasta sea al revés, como que me noto una regresión a la niñez, recuperando ese punto de deshinibición que se tiene cuando somos básicos, sin ningún tipo de etiqueta colgando.
¿O quizás sea que ya haya cumplido los cincuenta y esté de vuelta?
En cualquier caso, todo depende del prisma desde el que nos queramos ver, y no cuestionando el cambio externo, prefiero pensar que el que nos pulula por dentro es un eterno. Que, aunque muchas veces se confunda el crecer como persona con una metamorfosis, lo nuestro no va de mariposas. Ni para lo bueno, ni para lo malo. Que, como dice el refrán, el que nace lechón muere cochino, sin más. Y se es libre para creer que con cada caída se aprendió, pero yo me reafirmo en que se sigue cayendo de la misma forma, en el mismo sitio y a la misma hora, como dice la canción…
Que terminamos riéndonos con las mismas cosas y que al final siempre amamos como nos nace, como nadie nos enseñó.
Porque la impronta es como la escritura que nos define, que parece que cambia con la rapidez con la que vamos deformando y acortando sus trazos, sin caer en la cuenta que estamos escribiendo renglones torcidos desde pequeños. Unos más hacia arriba y otros más hacia abajo, dependiendo del optimismo que cada cual traiga bajo el brazo.
Lo mío está claro que es tirar para arriba. Por dentro, dejo que siga la niña. La que llegó con un equipaje que con el tiempo fue cambiando. La que aborrece lo que se sentencia sin derecho al apelo, quien se defiende cuando la atacan hasta recuperar de nuevo la forma de sus propios sueños, porque no hay que darle el gusto al que viene a destruir lo que en sí mismo no encuentra.
La que nunca quiso perder la consciencia de lo que iba sintiendo, sin renegar de los miedos, ni dejar de enfrentar la tristeza. Porque así se aprende y se encuentra uno a sí mismo.
Porque alguien me dijo una vez que nunca fuese en contra de mi alma y de esta forma puedo seguir siendo. Como la maquinaria del reloj que nos mide el tiempo, mil veces ajustada pero en continuo movimiento.
Para el pesimista, borrando las horas. Para los de mi cuerda, pasando y volviendo a pasar por las 12 en un eterno circuito que tan sólo parará cuando se nos acabe este mundo.
A.

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