¿Será que me leas?

Bailo desde que tenía tres años y ahora paso ya los cincuenta, siendo que ahora baile de otra manera.

Durante muchos años, mi pluma fue mi cuerpo y el suelo, mi folio en blanco. A través del movimiento, un canto hueco de palabras, un viaje de emociones que no hacían otra cosa que intentar contar historias sobre sentimientos nacidos en la necesidad de ser sacados hacia fuera, como la pulpa del fruto que se exprime para sacarle todo su jugo.
Y es que no sé cuantas veces he podido mecer al compás de la música lo que yo llamo las sentideras, sabiendo que tendré esta necesidad hasta el día en el que me muera.

Consciente de lo íntima que es la práctica de este arte, he llegado a sentir la dificultad de poder con otros desnudarme porque, a diferencia de otras disciplinas, en esta se requiere el espacio por donde viajan las historias mudas, aquellas a las que cada uno le pone sus propias palabras dentro de un mismo sentimiento, por lo que se precisa de un recorrido largo para poder compartir el sentir. Aquí no hay la facilidad que otorga una emoción cantada sobre un hilo de palabras entre las que te puedes sentir identificado en cero coma dos.
Tampoco se cuenta con el poder de la voz, que requiere tan sólo de una forma de percibir para su disfrute, siendo incluso que hasta pueda hacernos vibrar por sí sola, cantando a cappella. En el baile, siempre necesitamos del sonido como imprescindible y maravilloso aliado, precisando además de más de un sentido por parte del receptor: el oído y el que de la vista sale, la atenta mirada. Porque,  si no me pudiera mover en ella sería que bailase para mí sola, haciendo imposible este placer de comunicación.

Y me resulta curioso el hecho de que, ahora que mis pies danzan en corto, fuera que tuviese la necesidad de reinventar el modo de sacar lo que me mueve por dentro, eligiendo la escritura para seguir hilando letras que cosen pequeñas historias, como cuando bailaba, siendo que ahora sea mi cuerpo la pluma, y el blanco folio, el suelo que antes pisara. Más será que no me haya alejado de la complicación de una disciplina que también requiere de una acogida generosa por parte de los otros, de vosotros.
Laborioso este baile con las letras carentes de imagen, de ruido sonoro. Complicado comunicarse a través de ellas en un mundo que no perdona el impacto visual con el que uno puede saciarse en tan sólo un minuto, para seguir persiguiendo tantos y tantos otros, en una incesante carrera por tener sensaciones que, por sí misma, vive y mata sin mucha más importancia que la de capturar por capturar.

Más, seguiré con mi lento empeño, en el intento de encontrar la brutal esencia que te da la belleza cuando te paras a disfrutarla, en ese deleite en el que pareciera que ya no necesitas de nada más. Como el simple placer que se tiene cuando encuentras las palabras exactas que necesita tu pensamiento; como cuando te encuentras frente a un horizonte en el que deseas y sea que se te pierda la mirada, o como cuando te atraviesa un son y lo conviertes ya en tu aliado….

Y es que sí, será que siga siendo del club de aquellos que practican la lentitud en el disfrute de cualquier forma de arte.

A.

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