Viajando sola por las Islas Orcadas

Tras un viaje largo de dos vuelos, más un trayecto en coche de un total de seis horas -incluidas las equivocaciones en la ruta- y una hora más en ferry, fue que llegué finalmente a la ciudad de Kirkwall, en la isla central de las Islas Orcadas.
Aún puedo recordar el cansancio que tenía, pero nada comparable a la de la satisfacción por estar ya allí.

Este ha sido un viaje de reencuentro conmigo misma, un ejercicio de apertura de mente en el que me he negado a sentirme condicionada por la edad, por mi sexo, por la “soledad” de ir conmigo misma, y mucho menos, por el temor a gastar o por los miedos que se pueden sentir al abandonar la zona de confort. Estos últimos hasta se convirtieron en un reto, como por ejemplo, el de tener que conducir al revés, sentada al volante en la derecha y en ruta por la izquierda, el cual decidí transformarlo en la voluntad de llegar a mi deseado destino y así poder disfrutar como realmente lo he hecho. El miedo a no entenderme fue un poco más laborioso de apaciguar, pero la necesidad era la necesidad, y mi curiosidad, que también suma, y mucho. Por lo que, además de provocar muchas risas , tanto de los que me oyeron comprendiendo enseguida que no entendía ni papa frita, como de las mías propias en ese saber reírse de una misma, la verdad es que lo que se engrasa, vuelve a dar sus propias vueltas y mi inglés ha mejorado bastante y más que voy a seguir haciéndolo, gracias a los amigos que de esta aventura surgieron.

El análisis final es que todo es decidirse y ponerse. Que la vida es muy corta y que no hay miedo que no sea vencido por el conocimiento. Doy inmensas gracias a la misma por haber tenido la oportunidad de conocer estas tierras de Escocia, por haber convivido con sus gentes, por poder plasmar con mi objetivo paisajes y escenarios que me cautivaron el alma.

Lo he vivido en septiembre, con un clima de otoño. En un mismo día, incluso en una misma hora, me pudo cambiar el tiempo hasta varias veces pasando de la lluvia al sol y viceversa, del viento a la calma o del viento al temporal, teniendo que ser uno consciente de la fuerza de este elemento cuando vaya a estas islas. Para mí, han sido fundamentales las botas de agua, el chubasquero, un buen corta vientos, gorro y guantes.

Siguiendo con el relato, pienso que el gesto más usual que tuve durante toda mi estancia allí fue el del asombro, el cual fue seguido por una inevitable emoción, pero en esto influye también mi alto nivel de sensibilidad… Menos mal que entre tanta lluvia fue que pasé desapercibida…Y es que el paisaje es épico, empezando por los lagos que dividen la tierra y la duplican de una manera escandalosamente bella y terminando de nuevo en ellos. Para mi gusto eran el principio y el final, quizás donde me quedara mirando toda una vida para capturar los reflejos en el agua. Quizás donde haya hechos mis fotos más bonitas….

Y en esta ruta entre el agua fue que me atreví a pararme donde me quedaba cautivada, ayudando para ello el concepto de carreteras que tienen estos escoceses, ya que, en su mayoría, son carreteras muy estrechas que podrían considerarse de un solo sentido pero que allí sirven para los dos, para lo cual tienen con bastante frecuencia unas medias lunas a modo de zonas de paso donde esperas a que pase el que te viene por el frente o viceversa, dependiendo del buen sentido de la lógica y de la cordialidad que allí se gasta. Por supuesto, es imprescindible y bastante agradable el saludarte con quien te cruzas -¡llegué a sentirme como una reina en la isla de Westray por el fervor con el que te saludan!- pero siguiendo con el texto, estas pequeñas zonas de paso me dieron la vida para mirar a gusto a través de mi objetivo y rugir así de satisfacción.

De ahí hasta llegar a la mar abierta. Costas rocosas de vértigo al asomarte a ellas, con un mar golpeando las olas en sus faldas; playas de arena blanca y grisácea, con algas por doquier peinando las piedras que quedan expuestas al bajar la marea. Tierra intensamente verde y mullida por la que pisas en todos los parajes, vacas y ovejas campando a placer en tan abundante pasto, ojos curiosos los de ellas que se quedan fijamente mirando tus pasos. La costa de Yesnaby es de cortarte la respiración…

Y entre tanta agua y a pesar de ella, me arrancó más de una sonrisa esta tierra porque huele a campo más que a mar, huele a vaca y a oveja. También huele a tabaco, a té y a whisky. Los interiores son vintage y la labor artesanal prima. Aquí gana la tierra y la piedra. Los restos del pasado se cuidan y se conservan

En los restaurantes o cafés, lo que funciona sirve y se utiliza, no priman las modas pasajeras y sí la buena materia prima, por lo que entre sencillos salones, telas de tendencias obsoletas, suelos que crujen contando historias y espacios exentos de luces de neón, puedes encontrar excelentes manjares presentados de forma sencilla pero contundente, que es lo que realmente importa. Entre sus principales ciudades, Kirkwall y Stromness, me quedo con esta última, parece que en sus calles se detuvo el tiempo para conservar la belleza.

De ahí a ver asentamientos, tumbas y monumentos del neolítico. Estar a pie del asentamiento en Skara Brae junto al mar es trasladarse siglos atrás. Visitar la tumba de Maeshowe, Las Rocas de Stenness o El Anillo de Brodgar…..
Esto hay que vivirlo y sentirlo, que no contarlo.

Y en mi empeño por alargar mi horizonte, me fui más arriba aún, llegando a la isla de Westray. En el trayecto en el Ferry, tanto en el de ida como en el de vuelta, estuve atenta al posible avistamiento de ballenas o delfines, pero no tuve suerte. También me enteré al llegar a la Isla de que los Puffin ya habían emigrado, por lo que, entre una cosa y muchas otras, creo que la vida me ha puesto razones para volver allí de nuevo. Pero, como la belleza está allá a donde miras, es muy fácil ser feliz en aquel lugar.
Como ellos mismos dicen, la isla puede considerarse como una gran granja en su interior, con una costa cambiante llena de escenarios maravillosos y con inmensas colonias de aves. Pasear por allí te llena de vida, te recarga la energía y te apacigua el alma.


De esos sitios en el que hasta pude plantearme el quedarme, pero aun no puedo y debo volver. Me fui con una pena inmensa porque ha sido como perderse en otro mundo, con otra forma de vivir tan distinta a la nuestra, con otros valores y costumbres….

Huelo a salitre y a piedra,
huelo a hierba, a vaca, a oveja.
Huelo a Té, a queso y a mantequilla. A pan de semillas y a bacon ahumado.
Huelo a pura lana, y huelo a ti, Escocia.

A.

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