Encuentros

Tan sólo faltaban dos horas para su segundo encuentro y no podía parar de pensar en qué fue lo que de él le atrajo.

Aún no sabía ni siquiera su edad, siendo su físico uno de los que ella daría por desapercibido, uno en el que nunca antes se hubiese fijado. De todas formas, en su retina ya lo tenía desdibujado por el tiempo pasado desde que de él se despidiera y también por la ausencia de fotografías. Pero era curioso que siempre que se le asomaba a su mente lo hacía como si de un personaje de cuento se tratara, un ser inmenso de pisadas enormes, de las que van dejando su huella dibujada en el suelo de la imagen, y con una familiar amabilidad reflejada en el rostro. Quizás fuera por esto que la primera vez que le vio tras la puerta de la casa en la que durante su viaje se hospedó, le resultase tan cercano como lo era su propio pasado, como si hubiesen podido tener algo entre los dos en otro tiempo, en uno tan alejadamente pasado que era incapaz de acordarse. Y esta sensación que tuvo fue lo primero que de él le perturbó. De ahí, a la forma en la que él se descolgó de su mirada en un decir sin tener que decir, porque sería que él tuvo ese mismo sentimiento. Más extraño aún, ya que no sería la casualidad lo que le hiciera estar esperándola tras la puerta con su mejor vestimenta, sino el hecho de haber tenido un fuerte presentimiento cuando supo días antes de su próxima llegada al puerto donde vivía.

Como bien le contara después en una de sus primeras cartas, fueron muchas las cosas que tuvieron que pasar para haberse encontrado en aquel camino. Contrariedades de última hora en los planes de un viaje que en su solución lo hicieron posible. Tres días vividos con él sin otro habitante más en la casa; sí, un gato.
Un día de tormenta en el que ella se lanzó a curiosear con respeto por lo que en realidad era su casa, una de tantas que en estos tiempos se convierten en alojamiento para huéspedes. Una curiosidad con la que pudo sentir como cada cosa que había en esa casa respiraba creatividad y sensibilidad por parte de su dueño, a pesar de lo rudo de su físico, empezando a estar segura de que ambas dos vivían cómodas en su persona junto a una nutrida base cultural que fluía de manera natural a través de los libros que tenía en la estantería del salón.

Una sorpresa que recibió con alegría cuando él volvió a la casa desde no se sabe donde, una invitación para acompañarle a tomar la cotidiana sopa de las 12.30 en la trastienda del supermercado del lugar. Una sala a modo de modesto bar a la que se accedía tras pasar por la sección de frutas y verduras del establecimiento, patatas, zanahorias y coles dispuestas en los típicos cestos.
Y entre las idas y las vueltas de las cucharas, algo de su historia para saciar el interés por su persona y viceversa, conociendo de esa forma su peculiar trabajo construyendo vallas de piedras de manera artesanal, una a una, o la desconcertante pasión por esquilar ovejas en un ejercicio de comunicación intima con el animal que, a pesar de la naturalidad con la que la expresaba, sería que a ella le resultara difícil de comprender.

La deliciosa tarde que transcurriera después fue de las que quisieron quedarse para siempre instalada entre sus recuerdos.
El olor a óleo y a aguarrás de sus pinturas -siendo el pintar su principal afición- subiendo por el hueco de la escalera de la mano de la música clásica con la que se acompaña mientras pinta en un ejercicio diario de superación, por ser esta una afición de las que cuestan trabajo el realizarlas. Los sonidos del teclado del ordenador de ella juntando letras con la intención de contar historias, bajando a su vez; y, en ese dulce trasiego, de vez en cuando, el sonido respetuoso de sus pasos rondando su habitación con la intención de poder interrumpirla y hablar de nuevo con ella.
Extraña sensación la que estaban viviendo, porque en ese no conocerse, se sentían parte de algo ya vivido allí, algo que particularmente hizo que ella no se sintiera nada ajena a aquel mundo en el que había desembarcado apenas dos días antes.

Ahora, veinte días después, será que vuelvan de nuevo a verse, será que haya otra puerta que abrir para estar el uno frente al otro.

-¿Cómo será esta vez la sensación?
-¿Será que esta puerta desvanezca lo que entonces fuese tan sólo un hermoso sueño?
-¿Será la que los reafirme en su primera atracción y en lo que de ella estaba surgiendo?

La emoción queda pausada, titilando por el pasillo del avión. Mientras, las arañas seguirán tejiendo sus telarañas, y la madeja de lana será que esté aún por desmadejarse o convertirse en abrigo.
El mundo no dejará de ser infinito como sorprendentes son los sentimientos que en el mismo aparecen y desaparecen, como la luz del Sol se encuentra y se pierde en el agua.

A.

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