Fotogramas

Por fin me cuenta el móvil que son las 16.30, hora de salida del trabajo en esta semana, con una temperatura normal por estas fechas de cuarenta y tantos.
De la taquilla en el sótano del edificio hasta la calle con un sol que quema teniendo querencia por el gris asfalto, el cual multiplica el calor con la sensación de achicharrarte, y mi coche, todo negro, suplica hasta más que yo para que por fin lo arranque y le meta caña al aire acondicionado.

Como todos los días, salgo de la ciudad cruzando el puente que me une por el barrio de los Remedios con el Aljarafe, en el que hoy, al mirar hacia el río fue que me quedara perdida en ese color tan pajizo que vestía el agua y en los verdes que respiraban como podían en ambas orillas, y ha sido que me haya quitado el traje formal que vestía de los cincuenta para situarme años atrás, en esos veranos gastados de adolescencia y juventud, haciendo un viaje por una secuencia de fotogramas provistas hasta de sus bordes negros, incluso hasta casi más parecidas a los negativos de las fotos por estar horadadas en cuadradillos, pero viéndolas totalmente en los colores por los que me perdí al establecer la semejanza. Juegos que me hace la mente..

Y de esta manera, fue que me sumergí en esas casas de verano provistas de otros olores a los que tienen las de la ciudad, con la humedad que recogen de los inviernos respirando ya de manera cómoda por las ventanas. Desde el colorido vintage que me invade, incluso me llega el olor de los desayunos de churros mojados en azúcar y el de los picatostes de pan duro, reblandecidos en leche antes de ser fritos; el aroma del café hecho en la lumbre entremezclado con el aire salino que viene y va dependiendo del viento que le lleve.

De ahí a otra toma, en la que pude volver a ver esos pies de mulata tratando de andar sin quemarse por las interminables dunas de arena blanca, lidiando con las viejas chanclas verdes a las que el tapón que les unía con la suela era que le daba por salirse en su ya batallada holgura, al más mínimo tropiezo en el camino que me llevaba de vuelta a la casa desde la playa.
Incluso fue que con la imagen me llegara hasta el mismo olor de los cañaverales del final del camino, esos que había antes de llegar por una zona que acortaba la vuelta hasta el pueblo. Con ese aroma de humedad recalentada, de las que huelen mal por no terminar de secarse nunca, y que me hacía aspirar por la boca con tal de no olerla, pues estando ya tan necesitada de agua fresca de manguera, sería que el cuerpo no me diera para aguantar tales olores calientes. Pero, curioso será el dato de que, aunque nunca me gustara el olor que de las cañas saliera, siempre será que piense que no habría sido igual llegar hasta el mar sin pasar por ellos, así como la ducha helada que me daba con la manguera tras la vuelta al jardín de la casa.

Prosiguiendo en mi viaje, fue que me llegaron las imágenes de tantas interminables tardes con horizontes de arena y mar , con un sol que a medida que bajaba le iría cambiando la impronta al paisaje, hasta terminar desapareciendo por la línea que limitaba tanta agua salada.
Se me asomaría hasta la sonrisa, al contemplar de nuevo los finales de aquellos veranos con esos pelos tintados del color amarillo de la paja que tanto se cotizaba, y con las pieles negras como el betún de judea. Y, en éstas, una hojeada a algo que me encantaba: el contraste que hacía el vello casi blanco viviendo encima de tan renegría piel.

Una azotea encalada desde donde seguir mirando al pueblo y a la mar, entre bocanadas de humo entrecortadas por las toses propias de los principiantes, en un tonto ejercicio por emular a los mayores y a las actrices más guapas del cine de entonces.

Fiestas cuando se ausentaban los padres, en las que los chicos cometían el grave pecado de ponernos en la bebida a las chicas una simple aspirina para así aumentarnos la líbido……

Y, como no, imágenes con las primeras miradas y risas tontas: la inocencia más absoluta vestida de deseo.
Entre todas ellas, una cotta -la mejor moto del planeta que yo recuerde-, un camino de ida por el Palmar y por los pinares antes de llegar a Barbate, esa carretera en la que pareces ir flotando por encima de ellos; una arriesgada vuelta por la antigua carretera que unía Conil de la Frontera con Vejer; viento, libertad, Cat Stevens, el chico que me gustaba y yo.
Una amiga envidiosa chivándose de tan estupendo plan, unos padres esperando con el ceño a pespuntes fruncido. Algunos días de castigo para restar a una vivencia instalada de por vida en la zona de placer de mi mente….

Salgo del pasado, vuelvo a mirar la hora en el móvil: las 17:30. El coche ya está aparcado en el garaje, pero aún sigo sentada sin parar el motor ni el aire.
¿Tan lenta es que fui conduciendo en el coche o tanto tiempo fue el que me quedé en mis recuerdos perdida?

A.

DSCN2021

4 respuestas a “Fotogramas

  1. Fas-ci-nan-te…..en un momentó he repasado mi juventud. …supertramp…tubos de escape de vespinos…..esa cabeza intentando preparar a los padres para lanzar una mentira más q conocida…fascinante

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