Luciérnaga

Astro en el día y luciérnaga en la noche. Provista del poder que tuviera un alquimista, emites luz como por arte de magia. Un tipo de luz que existe porque vives, y con la capacidad de emitir los lúmenes que tú le quieras dar.
Porque a pesar de que no lo sepas, esta es la mayor cualidad que tiene tu impronta, un don con la capacidad de iluminar todo un planeta.

Princesa de un relato aún por vivir, abrigabas tus sueños en un castillo de gruesos muros, creyendo que éste era perfecto e imbatible.
Allí te sentías firmemente protegida por el rey, quien fuera garante de todos tus actos, y tu sonrisa era que siempre brillara, tanto a plena luz del día como en cualquier umbría.
Eras un pequeño ser con una mente insaciable por saber, por experimentar, por observar y por comprender. Tu ansía incluso podía ser agotadora para el resto de la corte, los que a veces no sabíamos bien cómo hallar, en el intento por saciar tus interminable preguntas, las respuestas correctas o convenientes para tu razonamiento.

A pesar de tu corta edad, a veces se te sentía como un roble, como si hubieses vivido en tu trocito de tiempo más allá que muchos de nosotros, y otras sin embargo, sería que parecieras de algodón de azúcar, con una sensibilidad y una inocencia que te sobrecogía e incitaba a arroparte. Y a medida que fuiste creciendo, esta sensación dual que desprendías, la de ir a un mismo tiempo de la mano de la fortaleza y de la fragilidad, iría viajando junto a ti como parte de tu singular impronta.
Rápida de mente y con un mundo interior muy imaginativo y creativo, devorabas, alimentándote con ello, todo tipo de información que te interesara, tanto en los libros de texto de tus estudios, como en los innumerables cuentos y novelas que ibas coleccionando en tu habitación, la cual llegaba a parecer un pozo sin suficiente fondo.

Y así fuiste creciendo, con una mayor autonomía cedida por mi parte en la medida que ibas desarrollándote, siendo demasiada la seguridad por la que te veía flanqueada: una, la que emanaba de forma natural en ti, siendo la otra la que te otorgaba tu padre, el rey de la corona.
Ante eso, procuraba mostrarte parte de mis imperfecciones y de mis emociones con total naturalidad, en un intento por contarte que, ni dentro del castillo ni mucho menos fuera, todo podía ser tan fácil como podía aparentar, y mucho menos tan seguro.

Y cuando en tu plena juventud llegaron los tiempos cruentos, aquellos que arrasaron con tu rey y tu castillo, la vida te colocó en la mitad de un camino que creías lleno de nada, carente de destino y sin vuelta atrás. De pronto, todo se volvió tremendamente injusto, incomprensible, y te perdiste en la niebla.

Ver y sentir eso en la sangre de mi sangre será quizás lo más duro y difícil por lo que haya pasado en lo que llevo de vida. Y desde el inmenso amor que os tengo -pero ahora es a ti a quien quiero hablarte-, quiero decirte que para que termines de volver a ver ese camino lleno, distinto ya, pero no por ello menos bello e intrigante que como desde pequeña lo vieras, debes reencontrarte con aquella niña que sigue viviendo en ti, con la tremenda curiosidad y el espíritu creativo y curioso que tenías -y tienes-, para que, volviendo a unir la frescura de tu impronta con el conocimiento de lo difícil que puede llegar a ser la vida, de lo que te viene sin previo aviso y de lo que cuesta llegar a algo o recomponerse, vuelvas a recuperar a esa luciérnaga que dormita en ti, dejándola volar, y que con su vuelo nos ilumine de nuevo a todos en la oscuridad de la noche.

A.

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