En taberna Gourmet LaLola

Esta es una historia vivida entre las paredes de un pequeño restaurante, en la taberna Gourmet LaLola, en Sevilla.

Una historia que bien podría ser una excelente crítica gourmet sobre nueve platos degustados; pero que, aun siendo algo que surgió a través del paladar, lo que la diferencia de este tipo de críticas es la conexión que se realiza entre dos personas en base a la pasión puesta en un trabajo, a la forma de asumir un error, y al genio y la gracia echada en la oportunidad de enmendarlo. Dicho en breve: se nota cuando se ama lo que uno hace.

Y empezando con la misma, fue que el pasado otoño fuera a cenar a un restaurante que me habían recomendado con un amigo. Cuando vi en la carta que tenían raya, no dudé en pedirla, de lo que me puede gustar. Pero, para mi disgusto y el del dueño del lugar, fue devuelta a la cocina, quedándonos sin tomarla.
Estas cosas, cuando pasan y ves que al cocinero le duele, por la sencilla razón de que no se atrincheró en la cocina, sino que salió a interesarse por la razón de nuestro rechazo, pueden resultar un poco incómodas, y aunque no hubo mayor problema que el tener que pedir otra cosa, nos terminamos yendo del lugar con mal sabor de boca.

Pero quiso el destino que, hace bien poco, mi hija fuera a comer allí con otro amigo y que, siendo éste compañero de profesión -y amigo también- del citado jefe de cocina y dueño del restaurante, se terciara una buena charla entre los tres en la que mi hija le contó el día en el que a su madre se le torció la raya entre aquellas paredes, no siendo éste un problema de peines. Y, para su gran sorpresa y para la mía posterior cuando me lo contara, sería que él se acordaba perfectamente del percance, señalándole la mesa donde estuve cenando, e incluso con descripción física del amigo con el que fui.

Y en un no ir de puntillas por la vida, fue entonces que le pidiera a mi hija que me volviera a llevar allí. Su franco motivo: darle una segunda oportunidad a lo que tuvo de fallo la primera; su bandera: compensar algo que, por un error ajeno y dentro de un buen sentido entre lo que puede y debe ser, no le gustó que pasara, y por encima de todo, superarla con el genio de su amor por los fogones. Como humanos que somos, en todos nuestros trabajos ocurren fallos; la diferencia está en que a unos no se les inmuta el celo por su buen hacer, y a otros se les pellizca el alma de la profesionalidad.

Así, finalmente, este pasado jueves de Corpus tuve el placer de volver, teniendo que decir que, aparte de disfrutar como reina sin corsé de esos nueve platos deliciosos, hechos con un juego soberbio de sabores y de cochura, sería que además me emocionara, bien con la sencillez de este jefe de cocina saliendo a servirnos algunos platos, bien con la simpatía con la que mostró su interés por saber si estaba todo bueno, o por la naturalidad y pasión con la que nos explicó los mismos, desde el paté de hígado de rape sobre tosta con tomate natural, pasando al socarrat de carabineros, el arroz meloso en su tinta con calamar y gambas, las gyozas de pollo o los fideos udón; la maravillosa costilla en su jugo y el salmorejo de zanahoria, terminando todo con un exquisito dulce en el paladar.

Simplemente maravilloso. Cosas buenas que pasan de las que creo que hay que hablar, personas que hablan de sí mismas a través de lo que hacen, mostrando su corazón creativo, apasionado y generoso.

Mil gracias por todo, ‘Taberna Gourmet LaLola’.
Mil gracias por todo, Javier Abascal.

A.

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