Luna, cuéntame un cuento

Luna, cuéntame un cuento que me dé sosiego..

Y es que el día fue arduo en discusiones. Unas, duras y de las que no se debieran dejar tanto tiempo sin resolver en un ámbito laboral, por el bien de la propia supervivencia y para ordenar la convivencia; otras, probablemente absurdas, de esas que surgen entre tintos y cervezas, en un sin saber el porqué a ellas se llega, pero que por cosas que hilan historias sobre asuntos políticos o sociales, debe de ser que no se pueden remediar. Puntos de vista muy diferentes sobre temas complicados, en un territorio más que amigable, empezando así un baile de rock vestidos con trajes largos…

Por lo que, con el dobladillo un poco roto y descosido es que llego por fin a casa, y como el que busca algo que le bendiga el dormitar de la noche, sea que salga a la terraza y que te encuentre con un:
– Luna, cuéntame un cuento que me dé sosiego-, saliéndome de la boca, para poder así irme a la cama.
Y ya una vez tumbada es que piense en que, quizás por guardarme mucho la opinión en temas políticos, sociales o de religión, cuando termino haciéndolo sea que entre en bobina sin vuelta atrás, por lo que será que empiece con la reflexión diaria dando paso al no sueño.

Así, primero pienso que quizás no esté entrenada en este tipo de charlas y me pregunto el porqué, llegando a la conclusión de que, aparte de pensar que son terrenos resbaladizos y por ello es mejor dejarlos a un lado, la verdad es que no soy persona a la que le guste que nadie la encasille en un damero como si fuera pieza de ajedrez, y dicho en una forma más actual, que nadie dictamine mi forma de ir por la vida como un simple hashtag.

Lo siento, pero considero que somos, y si no que debiéramos ser, demasiado amplios y complejos como para enjuiciar y catalogar a alguien en lo que ocuparía dos renglones de un cuaderno A5. Y lo he visto hacer tantas veces ya, que me produce hasta inquina.

Casi a la par, empiezo a considerar que, aunque sea necesario vomitar ciertas opiniones, la realidad es que casi nunca convencemos con ello al que tenemos al lado vomitando en otra dirección totalmente opuesta a la nuestra, por lo que al final del desgaste se termina llegando a un punto de inflexión, más que incomodo, que no va ni regresa a parte alguna.

Y, llegando al punto paralelo en el que no me puedo dormir -Luna, por qué no me contaste ese cuento-, es por lo que empezaré a darle a la respiración profunda con la esperanza de que entre inspiraciones y espiraciones sea que a mi mente vuelvas, tan misteriosa y luminosa que te vi, a contarme algo bello con lo que por fin me duerma.

A.

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