La línea del mar

Esta noche soñé bonito. Lo hice con la mar. En mi despertar, aún seguía en la orilla contemplando la línea por la que te separas del cielo, ese límite perfecto trazado entre tonos azules.

Siempre me atrajiste, desde pequeña. Imagino que, por entonces, te me antojarías como una inmensa bañera de color azul llena de agua en continuo movimiento. No tendría mayor perspectiva, desde mi pequeña altura, cuando llegué a ti por mis propios pies. Me pienso tal y como ahora veo a los niños que van corriendo, por primera vez, hasta tu orilla y frenan en la medida en la que se le van hundiendo los pies. Así hasta que se les quedan cubiertos por el final de tu agua, por tu espuma y la arena que empapas. Quietos, sin atreverse más que a sostenerse con tus idas y venidas y absortos con las burbujas que, en la arena, escribes con tu nombre. Sin saber si reír o llorar, pasmados por tan mágica sensación. Cuando te fijas en su reacción comprendes que no pudo ser de otra manera.

Sin embargo, desconozco ni cuando ni cómo fue el momento en el que descubrí la perfección en la línea que te separa del cielo. Quizás, cuando gané algo más de altura y pude admirar lo grande que eras hasta dicho límite. Un final que se convirtió en una silenciosa seducción, una necesidad por abordar el confín de tu universo. Aquel por el que, cada día de cada verano, se perdía el Sol volviéndote más grande, desafiante y poderosa.

Cuantos años llevo ya con los pies en tu orilla observando tu horizonte. Muchos. Cuantos, queriendo imaginar que aquello era tu final, tras lo que habría el más profundo de los vacíos, el infinito. Por encima de mis conocimientos, mi tremenda imaginación distorsionando la realidad. Deformándola con una línea. Curioso.

Y llegó el día en el que, por fin, surqué tus aguas en un hermoso velero y tu límite comenzó a no serlo. A medida que avanzábamos, se iba perdiendo como la profundidad lo hace en tus aguas. Pero, a pesar de notar mi vulnerabilidad ante tu poder, también disfruté de una sensación de libertad como nunca antes tuve.

Si desde niña te quise, desde entonces te amé. Cuando quise escribir mi destino en tu bello horizonte.


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La mar, esa poesía que eres tú.
Rima hecha con versos de guerra y de paz.
Musa cargada de vida. Versos teñidos con la muerte.
¡Cuántas historias navegando por tu blanca espuma!
Unas, contadas a voces; otras, entre murmullos.
Muchas, silenciadas, habitando en tu profundidad.

Soldevillaa


Si me sigues, yo también iré contigo

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