La línea del mar

Esta noche soñé bonito: soñé con la mar.

En mi despertar, sería que aún me viera sentada en la orilla contemplando la línea por la que del cielo te separas, ese perfecto límite trazado entre tonos azules.

La mar, esa poesía que eres tú, poesía en continuo movimiento cargada de versos de guerra y paz, de seres fantásticos -raros habitantes de la profundidad-, y de bella fauna marina; de amores soñados o vividos, de risas, de lágrimas saladas, de intentos de supervivencia, de riesgos logrados, de intensa energía, de muerte.
Cuántas historias navegando por tu blanca espuma….Unas, entre murmullos contadas; otras, habitando en el fondo, y de esa forma silenciadas.

Tengo la suerte de conocerte desde bien pequeña, empezando a ser consciente de parte de tu esencia cuando pude llegar hasta ti por mis propios pies, pisando primero una arena caliente y dorada que, una vez mojada, era que se tornaba mágica, marcando un sendero de pequeñas huellas justo hasta llegar la espuma blanca con la vinieras a saludarme, y a borrarlas también. Estoy segura de que te me antojabas como una inmensa bañera de agua salada y azul, un agua en continuo movimiento.

No sé si fue desde ese mismo instante, o cuando la perspectiva de mi retina ganó algo más de altura y, por lo tanto, de profundidad, que descubriera la perfección de aquella línea que te separaba del mismo cielo. Y, desde ese instante, la posibilidad de que algún día pudiese abordar aquel misterioso límite, fue que se convirtiera en una silenciosa seducción. Pero, mientras esperaba tan ansiado encuentro, sería que me sintiera feliz en tu enorme pecera, disfrutando de todo lo que ponías a mi alcance y sin perder de vista ese límite por donde siempre sería que se acabara perdiendo el Sol.

Así, cada año, en el estío, es que iba a verte, y, en mi disfrute, siempre sería que mi percepción visual se empeñara en seguir delimitándote a mi alcance, como si de verdad fuera que te acabaras limpiamente allí, siendo lo siguiente el profundo vacío que me sugería el concepto del infinito -a pesar de los conocimientos ya adquiridos sobre ti, a pesar de la realidad-.

Y llegó el día en el que, por fin, surqué tus aguas en un hermoso velero desde donde esa línea recta resultó ser tan inabarcable como profundo empezó a ser tu mar, y en el que fuera que mi risa se inundara de yodo ante el repentino oleaje con el que obsequiabas al viento cuando venía a provocarte, pudiendo llegar a suplicarte hasta algunos ratos de tibieza. Así fue que hice aquel viaje en el que me mostraste tu inmensidad, haciéndome vulnerable y pequeña. Pero así fue también que me sentí libre, salvaje y fuerte como nunca antes me sintiera, y si desde que fuera una niña fue que empece a quererte, desde entonces fue que te amé.

Este verano, cuando vuelva a verte, será que te vea desde otras tierras, más al norte que de costumbre, y poco me importará el color del traje que lleves puesto dentro de tu gama de azules… No sabría decirte cómo me gustas más. De lo que estoy segura es de que, cuando esté frente a ti, te pediré un poquito de tu esencia y hasta quizás, en esa línea con la que me empeño en dibujarte, es que quiera escribir mi destino.

A.

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