Un paseo por Isla Mayor

Por fin salió el sol y aunque estaba bien en casa, fuera andaba el aire tan libre como yo, por lo que vencí la pereza, y con la cámara al hombro, me subí al coche con la simple idea de mirar y respirar hondo.

Hace tiempo que quería perderme por la carretera de Isla Mayor e ir parando donde me naciera, y me resulta curioso que haya tardado tanto teniéndola tan a mano. Quizás, con el afán por descubrir, siempre pensamos en volar lejos y lo de al lado lo dejamos de lado. Una estupidez.

En esta mini aventura, un color, una bandada de pájaros, los charcos y los juncos o una simple casa al sol, hacen que me baje y suba al coche decenas de veces. Dirán que por qué no dejé aparcado el trasto y caminé. La razón fue simple: millones de mosquitos dispuestos a devorarme, o eso pensé yo. Me dio igual no estirar de paso las piernas, disfruté con el verde –que estaba bien verde–, y sorteé con cuidado el barro y los miles de baches, no sin pensar que podría en uno de ellos quedarme.

Campo de marismasMarismaCaminoPie de marismas

Cuando el sol empezó a perderse, me fui por donde vine hasta que le ví por el espejo retrovisor. Fue imposible no frenar y salir de nuevo a encuadrar lo que me estaba dejando atrás. Él a mí, que no lo contrario.

Puesta de Sol en Isla MayorPuesta de Sol

 

Ampa

Navidad

Hace muy poco oí decir que, la primera vez que vivimos algo, es la que se nos queda grabada en la memoria, con todas sus imágenes, sonidos y olores.

Mi Navidad empieza en la calle Orfila comprando con mi padre los paquetes de musgo y serrín para el Belén de la casa, y termina desatando el cinturón de la bata de mi madre que impide abrir las puertas del salón. Globos, juguetes y caramelos, que alegran y también entristecen, nos esperan tras la entrada inviolable. Entre medias, tardes de muchos pies junto al brasero y noches de nervios bendecidas por las cruces de padre en la frente. Nunca sabré si su intención era santificarme o tan sólo apaciguar mi mente.

Cadenetas con luces de varios colores y diversos empalmes visten la casa de fiesta. No entiendo la coincidencia, por el recorte inevitable de luminarias cada año, pero a San José le toca siempre lucir verde. Al Niño, grana. La casa está tenue pero acogedora. Así se enciende en mi memoria.

Se estrena, como cada año por estas fechas, el equipo de música y el villancico de “Gloria recién nacido gloria” es de los que más hace círculos en el tocadiscos. La ternura suena en la Navidad junto a los compases que hace mi padre chascando dedos.

Madre, con su eterno delantal, el que no se rompe porque lo usa de fiesta en fiesta. Una olla, alargada y roja, que tiene que ocupar dos fuegos de lo grande que es. Un pavo deshuesado, limpio y aliñado, metido en tripas de cerdo. Salen dos royos enormes. Mi Navidad sabe a pavo trufado, desde el 24 hasta el mismo día 6 de enero. Cunde tanto esta comida que, a pesar de ser omnipresente durante estos 14 días, da hasta para congelar. No puedo negarle el sitio al turrón blanco, ni al de chocolate tampoco, y qué decir de las eternas peladillas que nunca desaparecen de los cuencos decorados con motivos navideños. El Roscón de Reyes, sin embargo, es exclusivo del día que le puso el nombre y, por siempre jamás, de la confitería La Campana. Cuantas veces soñé que fuera considerado como al pavo…

Sevilla está preciosa, las luces brillan en todo su esplendor. En casa tengo un árbol con luces nuevas que se ve desde Nueva York y un misterio que hace tiempo hicimos entre mi hija y yo.  Los miro y me encanta porque me llevan hacia atrás. Puedo ver los que hacía con mi padre, puedo sentirme niña de nuevo. De eso se trata. Las luces tenues, el pavo trufado, los villancicos antiguos y el salón cerrado esperando a ser desatado. Esta es la Navidad que vive en mi memoria, a la que voy y de la que vuelvo año tras año.

Deseo que disfrutéis de una Navidad que os devuelva a la niñez, aunque sólo sea por  unos instantes.

A. 

Montmartre

Je veux

“Quiero amor, diversión, buen humor.
No es tu dinero lo que me hará feliz,
quiero morir con la mano en el corazón”

Fragmento de la famosa canción de Zas

Me quedé a dormir en la colina de Montmartre, en un hotelito en la rue Lepic y dediqué todo un día a subir y a bajar por sus estrechas calles; resoplé entre sus miles de escalones.

Me maravillé con la luz sobre la basílica de Sacré Coeur: me llevó en una ilusión a viajar a la India hasta que ubiqué su distintivo corazón. Disfruté en la Place du Tertre,  enfocándola en blanco y negro, en un intento por imaginarme rodeada de los pintores impresionistas del sXIX que vivieron en aquella comuna bohemia.

Me sentí Amelie en su café y casi me corto el flequillo. Bebí tinto en copas muy pequeñas, en baretos empolvados, y me traje las maravillosas tartas de frutas, a modo de encurtidos, en los huecos de mi cintura.

Y, desde la basílica, vi la puesta del Sol dejando al perderse un cielo de tonos naranjas y rosas sobre París

Cuando vuelva, de nuevo Montmartre será mi nido.

A.

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Tour Eiffel

He leído que de sus curvaturas tiene la culpa la fuerza que puede llegar a tener el viento. Que sus 7300 toneladas de hierro pudelado le aportan una gracilidad y una transparencia que te alejan de creerla tan pesada. Y que sus 300 metros de altura ejercen tal poder de seducción que, vayas por donde vayas, no te resistes con la vista a buscarla, porque a todo llega con su magnitud, como si fuese el vigilante que mide tus pasos por la ciudad. Un acompañante con la capacidad de alimentar los sueños y los deseos.

A. (no es por nada, pero tiene el diseño de la letra por la que empieza mi nombre)

Puentes de París

En el año 52 a.C., la tribu de los parissi, que habitaban en la Isla de la Cité, iniciaron la construcción de los primeros puentes de París.

En la actualidad hay 37 puentes uniendo las dos orillas del Sena, habiendo sido imposible para estas piernas recorrerlos todos. Pero, he disfrutado de parte de estos muelles inscritos en el patrimonio mundial de la Unesco, y algo de ellos me traje conmigo.

A.

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París

He vuelto a ella tras diez años. De mi primer viaje, la recuerdo majestuosa porque la imagen que se instaló en mi mente fue la de una ciudad que me envolvía en su grandiosidad. Recorrer los Champs Elysees o pasear por el de Mars, a los pies de la torre Eiffel, te ensancha el pecho, y este tipo de sensaciones no se olvidan.
Algunos años más tarde volvería en dos ocasiones, aunque por trabajo. Pero, la última de ellas, me alojé en Montmartre y en mi tiempo libre engordé mis recuerdos de esta ciudad con otras imágenes, más mundanas y bohemias, que las de la primera vez. Y si aquellas me ensancharon el pecho, estas otras me parecieron música, y con estas sensaciones, me pierdo del gusto que me da.

Ahora, hace tan sólo tres semanas, he tenido la oportunidad de volver. Cuando llegué a la estación de metro de Barbés y me senté, tras subir unos cuantos escalones de más con las maletas, y me topé de frente, él también sentado, con un negraco vestido con una enorme capa verde y como gafas de sol, unas grandes de esquiar -como la forma más natural de ir por una ciudad-, sentí la dicha de estar de nuevo en París.

Quizás, a la edad que ya barajo, haya encontrado agobiante ciertos sitios -como el mismo metro-, y me hayan echado para atrás esas enormes colas que tienes que hacer para visitar los lugares emblemáticos de esta ciudad, pero París no deja de sorprenderme: siempre le encuentro algo que descubrir.

He disfrutado como una enana paseando por la orilla del Sena, la que queda a la sombra, con toda la luz para disfrute de mi mirada. Muchos han sido los puentes que he cruzado y a los que me he asomado a sus bajos. He visto cómo se duerme el agua al anochecer: se viste de plata.

Me recorrí, especialmente, el barrio de St Michael, y entre todas sus peculiares tiendas y baretos antiguos, en los que poder tomarte un fantástico y carísimo café, quedé entusiasmada con la librería  Shaskpeare & Co. Realmente, es un lugar para perderse entre sus libros de segunda mano, libros para leer allí mismo, en sus viejos pero cómodos divanes, no pudiendo uno comprarlos.

Me han enseñado la cautivadora iglesia de St Eustaque, la que te abraza y enmudece al mismo tiempo, con la enorme suerte de haberla disfrutado casi en soledad. He disfrutado de museos como el Marmottan, el de Cluny o Roden.

He comido como una italiana o una turca; me he hartado de quesos, de buen pan y de la tarte Tatin. He bebido tinto, poca agua y mucho café.

Y por segunda vez, me he hospedado en Montmartre, en la Rue Lepic, despertándome con las campanas de la Iglesia y el bullicio de la calle. Subí a Sacre Coeur por la mañana y al atardecer, y he soñado contemplando los tejados de París. Ha sido un espectáculo ver la torre Eiffel desde allí: como despuntaba entre la bruma que tapaba Paris esa mañana, casi como un fantasma, y más aún, como se perdía en el atardecer entre un cielo de tonos naranjas.

París, je t’aime,

A.