Tour Eiffel

He leído que de sus curvaturas tiene la culpa la fuerza que puede llegar a tener el viento. Que sus 7300 toneladas de hierro pudelado le aportan una gracilidad y una transparencia que te alejan de creerla tan pesada. Y que sus 300 metros de altura ejercen tal poder de seducción que, vayas por donde vayas, no te resistes con la vista a buscarla, porque a todo llega con su magnitud, como si fuese el vigilante que mide tus pasos por la ciudad. Un acompañante con la capacidad de alimentar los sueños y los deseos.

A. (no es por nada, pero tiene el diseño de la letra por la que empieza mi nombre)

Puentes de París

En el año 52 a.C., la tribu de los parissi, que habitaban en la Isla de la Cité, iniciaron la construcción de los primeros puentes de París.

En la actualidad hay 37 puentes uniendo las dos orillas del Sena, habiendo sido imposible para estas piernas recorrerlos todos. Pero, he disfrutado de parte de estos muelles inscritos en el patrimonio mundial de la Unesco, y algo de ellos me traje conmigo.

A.

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París

He vuelto a ella tras diez años. De mi primer viaje, la recuerdo majestuosa porque la imagen que se instaló en mi mente fue la de una ciudad que me envolvía en su grandiosidad. Recorrer los Champs Elysees o pasear por el de Mars, a los pies de la torre Eiffel, te ensancha el pecho, y este tipo de sensaciones no se olvidan.
Algunos años más tarde volvería en dos ocasiones, aunque por trabajo. Pero, la última de ellas, me alojé en Montmartre y en mi tiempo libre engordé mis recuerdos de esta ciudad con otras imágenes, más mundanas y bohemias, que las de la primera vez. Y si aquellas me ensancharon el pecho, estas otras me parecieron música, y con estas sensaciones, me pierdo del gusto que me da.

Ahora, hace tan sólo tres semanas, he tenido la oportunidad de volver. Cuando llegué a la estación de metro de Barbés y me senté, tras subir unos cuantos escalones de más con las maletas, y me topé de frente, él también sentado, con un negraco vestido con una enorme capa verde y como gafas de sol, unas grandes de esquiar -como la forma más natural de ir por una ciudad-, sentí la dicha de estar de nuevo en París.

Quizás, a la edad que ya barajo, haya encontrado agobiante ciertos sitios -como el mismo metro-, y me hayan echado para atrás esas enormes colas que tienes que hacer para visitar los lugares emblemáticos de esta ciudad, pero París no deja de sorprenderme: siempre le encuentro algo que descubrir.

He disfrutado como una enana paseando por la orilla del Sena, la que queda a la sombra, con toda la luz para disfrute de mi mirada. Muchos han sido los puentes que he cruzado y a los que me he asomado a sus bajos. He visto cómo se duerme el agua al anochecer: se viste de plata.

Me recorrí, especialmente, el barrio de St Michael, y entre todas sus peculiares tiendas y baretos antiguos, en los que poder tomarte un fantástico y carísimo café, quedé entusiasmada con la librería  Shaskpeare & Co. Realmente, es un lugar para perderse entre sus libros de segunda mano, libros para leer allí mismo, en sus viejos pero cómodos divanes, no pudiendo uno comprarlos.

Me han enseñado la cautivadora iglesia de St Eustaque, la que te abraza y enmudece al mismo tiempo, con la enorme suerte de haberla disfrutado casi en soledad. He disfrutado de museos como el Marmottan, el de Cluny o Roden.

He comido como una italiana o una turca; me he hartado de quesos, de buen pan y de la tarte Tatin. He bebido tinto, poca agua y mucho café.

Y por segunda vez, me he hospedado en Montmartre, en la Rue Lepic, despertándome con las campanas de la Iglesia y el bullicio de la calle. Subí a Sacre Coeur por la mañana y al atardecer, y he soñado contemplando los tejados de París. Ha sido un espectáculo ver la torre Eiffel desde allí: como despuntaba entre la bruma que tapaba Paris esa mañana, casi como un fantasma, y más aún, como se perdía en el atardecer entre un cielo de tonos naranjas.

París, je t’aime,

A. 

La Navidad

La Navidad se me antoja como este gran árbol con tan hermosa hendidura en su tronco. Una hendidura cubierta de un mullido musgo que suavice la entrada en su interior. Porque, si se quiere entrar, debe hacerse desnudo de uno para así poder encontrarse en otros.

Este año buscaré hacerlo de nuevo en mi padre, con todas sus estrellas, las que siempre guardaba para todos. Él era feliz con el musgo, con San José y con la masilla que había que ponerle bajo el pie para darle la estabilidad de la que la estatuilla carecía. Silbaba mientras poníamos el Belén al compás de los buenos villancicos antiguos que sonaban en los discos de vinilo que había en casa, y mascullaba palabrotas cuando se fundía alguna que otra de las lamparillas de colores con las que iluminábamos los escenarios navideños.

No sabía arreglarlas, siendo más apañada mi madre para todo el tema eléctrico que él con toda su bohemia. Y con el tiempo, era curioso ver cómo los cables de las luces navideñas tenían más tiritas que cualquier corazón partío, como las que yo necesito ahora por buscarte en mi melancolía.

Huelo tu abrigo y tu bufanda, y el olor del cuero de tus guantes de todas las veces que agarraron mis manos. Siento mis pies junto a los tuyos pisando las calles que nos llevaban a las tiendas de José Gestoso, en busca de lo que necesitábamos para poder poner, cada año, el árbol o el belén.

Y aquí estoy yo ahora, necesitando encontrarme en tanto amor que te salía, en esta época del año, para hacerlo mío, porque tengo que abonar mi fortaleza.

Voy a pasearme por la Navidad recogiendo estrellas y cuando me llene por dentro los abrigos, me iré al punto más alto que por aquí encuentre y las tiraré como si fueran los dados del destino. Quizás formen un nuevo camino por encima del que se me está resquebrajando. Un sendero de luz cálida por donde no perder mi felicidad.

A.

Boats

Everyone has his own, even Matías has his boat. To cross the inlet, to arrive to the sea. Some of them live in the sand losing water through their holes; others are swaying in the breeze.

When the air is calm they seem to be floating in the middle of nowhere, where they appear upside down. And, when they know you are looking at them, they become big in the game of flirting the water and they play.

A.

Sentirse libre

No puedo moverme. Tengo los ojos abiertos, el pecho me late y tengo tenso al pensamiento, luego sigo existiendo. No me veo ataduras en las manos, nada roto impidiendo el movimiento. Pero me siento anclada, como si algo enorme me tuviera bajo su encierro. Ni verle la forma puedo¿ Será invisible en su poder?
No, no lo es. Yo lo noto y hasta sé lo que es, aun siendo incapaz de no sudar el miedo que ya me está provocando. Pero no me sale el gritarlo, sacarlo de mis adentros como si fuera un simple vómito.

Y mientras sufro esto, me resulta difícil ver cómo te vas alejando con toda la vida que te llevas, sin importarte si de ella formo o no formo parte. Y no lo entiendo, porque ya no quiero seguir varada aquí, esperando que sea de otro el capricho de que me mueva o no por tus aguas.

Quisiera no ser como la barca que se queda anclada en la tierra esperando que hasta ti la lleven o a que tú vuelvas. Necesito ser quien decida cuando tengo que pararme y cuando no. Correr a pecho descubierto hasta que ya no pueda más. Medirme conmigo misma, aunque caiga, y a pesar de no salir victoriosa. Porque un día fui consciente del poder que otorga la libertad elegida y, ahora que de nuevo la perdí, necesito, como esa barca necesita el agua para sentirse viva, soltarme de tanto que, de nuevo, me pesa.

A.